viernes, 8 de diciembre de 2017
jueves, 9 de noviembre de 2017
Workingout in Ocala. Mañanas de instituto. Homenaje a Moonlight.
Hoy he sentido el hachazo de la heteronorma, de las tardes de fútbol, de las miradas desaprobatorias de la madre, de las conversaciones calladas sobre la sensibilidad del niño, del qué he hecho yo para que odies así a las mujeres. Hoy me han insultado con palabras amables, con equidistancias conceptuales, con navajas de centro de ciudad. Fumo y chupo pollas porque me da la gana, no para arriar la bandera de aquellos que matan más de una mujer al día, esa bandera de odio que practica cada día la exclusión pero se siente intimidada cuando le reclamas la libertad que te han quitado.
Sentí asco, ansiedad, todos los eccemas se pusieron de mi lado y me avisaron de que aquel sujeto era despreciable. De que cada vez que muestras tu bendita vehemencia no les das razones de moderación sino solo denuncias los asesinatos de buen orden que querrían perpretar cuando les dice que su heterosexualidad es un proyecto aberrante sin cura, que su agresividad de sonrisas compasivas esconde el peso de su historia de crímenes atroces.
Me sumieron en la categoría de ser abyecto, en la minoría con proyectos de violación, en el círculo que debe ser silenciado, acomplejado y sometido a sospecha infinita.
Soy anómalo y abyecto y orgulloso de provocar el temblor ante mis miradas y mis actos. Porque soy libre y eso les espanta. Porque soy capaz de decir que intentaron rescribir mi historia e intentan asesinar la de otrxs todos los días. Porque soy incapaz de sentir la mínima parte de su desprecio y eso les hiela.
Soy aberrante porque detesto su poder inotorgado, porque les digo que sus pasos son el flagelo de la mayoría, porque cuestiono su identidad en cada gesto.
No me desdeciré, no ocultaré y lucharé en cada poro por odiar porque su testosterona no me condena a no sentir, a no llorar y a no buscar en cada dedo un cómplice para el placer.
Soy de la raza de Titanes que nacieron para el no ser, pero todavía les muestro mi deseo y no me atormento.
Sentí asco, ansiedad, todos los eccemas se pusieron de mi lado y me avisaron de que aquel sujeto era despreciable. De que cada vez que muestras tu bendita vehemencia no les das razones de moderación sino solo denuncias los asesinatos de buen orden que querrían perpretar cuando les dice que su heterosexualidad es un proyecto aberrante sin cura, que su agresividad de sonrisas compasivas esconde el peso de su historia de crímenes atroces.
Me sumieron en la categoría de ser abyecto, en la minoría con proyectos de violación, en el círculo que debe ser silenciado, acomplejado y sometido a sospecha infinita.
Soy anómalo y abyecto y orgulloso de provocar el temblor ante mis miradas y mis actos. Porque soy libre y eso les espanta. Porque soy capaz de decir que intentaron rescribir mi historia e intentan asesinar la de otrxs todos los días. Porque soy incapaz de sentir la mínima parte de su desprecio y eso les hiela.
Soy aberrante porque detesto su poder inotorgado, porque les digo que sus pasos son el flagelo de la mayoría, porque cuestiono su identidad en cada gesto.
No me desdeciré, no ocultaré y lucharé en cada poro por odiar porque su testosterona no me condena a no sentir, a no llorar y a no buscar en cada dedo un cómplice para el placer.
Soy de la raza de Titanes que nacieron para el no ser, pero todavía les muestro mi deseo y no me atormento.
domingo, 8 de octubre de 2017
De talleres LGTBQI y grupos de trabajo
Si tuviera valor para ir al psicoanalista, le contaría ese suceso de la infancia que permanece vívido y todavía duele. Era una tarde casi noche de verano, una piscina comunal y una celebración de partido de fútbol y tribu humana. Los miraba extrañado como casi siempre, ajeno y con ganas de compartir. La melancolía estaba como compañera de mortaja. Era feliz porque había risas, familias y cuerpos duros de hombres.
Y entonces llegó el momento, ese en que todo cambia en mis tripas y me invade el dolor. Reclamaba en silencio que alguien me tocara, que alguien me besara. Los ojos no valen como método de comunicación. Y se acercó ella, a la que quizá amaba y a la que había ayudado a poner un sujetador sintiendo que su erotismo no era el mío. Y me dio un trozo de tarta, un trozo que sentí como el resto caritativo que se les da a los subalternos. Supongo que no era verdad. Estallé en lloros y tiré el trozo de tarta al suelo. Salí del bar y me encontré con un césped y unas piscinas solas, vacías como yo.
No recuerdo cuándo ni cómo volví. Sé que luego me hablaron y seguro que me sonrieron y quizá comiera algo de la tarta. Me sentí como muchas veces me siento, inmensamente solo y sin capacidad para que nadie me quiera. Sentí todos los torrentes desbocados del amor y la incapacidad más devastadora para compartir algo en este mundo.
Imagino su perplejidad, la claves de colocarme en el mundo de los raros, los sensibles, de esos que hay que aguantar porque comparten apariencia humana y hemos decidido sacralizar la vida. No eran tiempos de psicólogos ni de comprensión. Era el tiempo brutal de las categorías cerradas, de las sacristías y los electroshocks. Y supongo que opté por sobrevivir, por callar y sonreír, por no jugar porque ni sabía ni me gustaba, por desear una hermana que me abrazara y me dijera que no pasaba nada, que entre sus brazos en ningún momento de mi vida iba a pasar nada.
No he aprendido a estar con el otro, sí a respetarlo y quererlo en la distancia. Por eso quizá el ansia irrefrenable de polla, de que te deseen siempre porque nunca te voy a dañar. Y al final daño. Daña el infante inocente que no sabe hablar, solo sentir. Y llega, siempre llega, el momento en el que todo se vierte por el precipicio, ese que, como Sísifo, ya no tiene remedio.
Y entonces llegó el momento, ese en que todo cambia en mis tripas y me invade el dolor. Reclamaba en silencio que alguien me tocara, que alguien me besara. Los ojos no valen como método de comunicación. Y se acercó ella, a la que quizá amaba y a la que había ayudado a poner un sujetador sintiendo que su erotismo no era el mío. Y me dio un trozo de tarta, un trozo que sentí como el resto caritativo que se les da a los subalternos. Supongo que no era verdad. Estallé en lloros y tiré el trozo de tarta al suelo. Salí del bar y me encontré con un césped y unas piscinas solas, vacías como yo.
No recuerdo cuándo ni cómo volví. Sé que luego me hablaron y seguro que me sonrieron y quizá comiera algo de la tarta. Me sentí como muchas veces me siento, inmensamente solo y sin capacidad para que nadie me quiera. Sentí todos los torrentes desbocados del amor y la incapacidad más devastadora para compartir algo en este mundo.
Imagino su perplejidad, la claves de colocarme en el mundo de los raros, los sensibles, de esos que hay que aguantar porque comparten apariencia humana y hemos decidido sacralizar la vida. No eran tiempos de psicólogos ni de comprensión. Era el tiempo brutal de las categorías cerradas, de las sacristías y los electroshocks. Y supongo que opté por sobrevivir, por callar y sonreír, por no jugar porque ni sabía ni me gustaba, por desear una hermana que me abrazara y me dijera que no pasaba nada, que entre sus brazos en ningún momento de mi vida iba a pasar nada.
No he aprendido a estar con el otro, sí a respetarlo y quererlo en la distancia. Por eso quizá el ansia irrefrenable de polla, de que te deseen siempre porque nunca te voy a dañar. Y al final daño. Daña el infante inocente que no sabe hablar, solo sentir. Y llega, siempre llega, el momento en el que todo se vierte por el precipicio, ese que, como Sísifo, ya no tiene remedio.
martes, 25 de julio de 2017
Cenizas y un puente
Ahora entiendo aquel "búscate a alguien que te cuide". Ahora mi incapacidad, mis ansias de acercarme para luego huir. Nací con el síndrome, con todas las respuestas afirmativas, con la barrera de la soledad. Nunca sé cómo hacer para que no me dañen. Puedo escuchar, saber que el dolor escapa tras cada sonrisa, cómo hipnotizan mis cuidados. Pero luego llegan las dudas, el estómago sáfico, un odiar y amar que sí sé. Sonrío como un cachorro y busco cachorros que nunca me desean pero sí quieren, que perciben que nunca les dañaré pero que mi deseo no es el suyo.
Jodido era morirse porque jodido era vivir sin poder dar.
Fueron días de ternuras, de aprender la potencia de ser sangre aunque no se quiera, de la brutalidad de no poder hablar ni conectar, de la historia que te lleva a ser aquel que alguien dictó, pero tú no quieres. Aquel te quiero mucho fue la vida y el abrazo la muerte: abrazo no correspondido, de sumisión y de adoración, de incapacidad de querer más allá del nacionalismo militante, de la españa sometida que hiede.
Ahora restaño heridas que son cigarros decididos, que son dinero de caridad, engaño pactado, nobleza pasoliniana. Demolí tabiques, derroché objetos y descubrí pezones sangrientos. Media vida para quererme y odiarme, para alejarme de todos a los que serví, de todas a las que seguí.
No espero casi llamadas y anhelo respiraciones. Es la enseñanza de la soledad, de la contricción, de los propósitos de enmienda y de los benditos mensajes negros de aquel que se acerca...
Supiste sonreír una vez y aguantar el dolor, compartir el sagrado libro que te lleva allí donde no se te desea. Tienen más miedo que tú, más dudas y menos deseos... Y cada día esperas que todo sea verdad y cada día descubres que tu puerta solo es causal.
Me levantaré mañana sin fumar entonando la parodia que te destruye. Los cuerpos no se compran,
salvo las caricias, la intenciones y las sonrisas... Te compran cuando te someten y te hacen decir que sí. He destrozado mis yugos y nunca quieren tu libertad.
Jodido era morirse porque jodido era vivir sin poder dar.
Fueron días de ternuras, de aprender la potencia de ser sangre aunque no se quiera, de la brutalidad de no poder hablar ni conectar, de la historia que te lleva a ser aquel que alguien dictó, pero tú no quieres. Aquel te quiero mucho fue la vida y el abrazo la muerte: abrazo no correspondido, de sumisión y de adoración, de incapacidad de querer más allá del nacionalismo militante, de la españa sometida que hiede.
Ahora restaño heridas que son cigarros decididos, que son dinero de caridad, engaño pactado, nobleza pasoliniana. Demolí tabiques, derroché objetos y descubrí pezones sangrientos. Media vida para quererme y odiarme, para alejarme de todos a los que serví, de todas a las que seguí.
No espero casi llamadas y anhelo respiraciones. Es la enseñanza de la soledad, de la contricción, de los propósitos de enmienda y de los benditos mensajes negros de aquel que se acerca...
Supiste sonreír una vez y aguantar el dolor, compartir el sagrado libro que te lleva allí donde no se te desea. Tienen más miedo que tú, más dudas y menos deseos... Y cada día esperas que todo sea verdad y cada día descubres que tu puerta solo es causal.
Me levantaré mañana sin fumar entonando la parodia que te destruye. Los cuerpos no se compran,
salvo las caricias, la intenciones y las sonrisas... Te compran cuando te someten y te hacen decir que sí. He destrozado mis yugos y nunca quieren tu libertad.
domingo, 8 de mayo de 2016
Beatus Ille
Es agradable tener necesidad de polla. Es agradable mamar rabo. Querría ser digital. Adoro mamar colocado.
sábado, 13 de febrero de 2016
Polvo blanco en la basura
Me gustaría ya descansar de la tiranía del sexo de la que hablaba Buñuel. Nunca suficiente el tamaño, los músculos, el número. Nunca suficiente el yo, siempre imprescindible el otro. Alfredo me decía a sus casi dieciocho que necesitaba descansar, sentar la cabeza y dejar de sentirse solo. Él busca gente, amor, familia. Yo huyo... Me aterran, agotan, fascinan lxs humanxs. La psoriasis se queja, crece, solo mengua con cada cuidado propio, con cada construcción de soledad, casa, respiración.
Solo la basura, solo la lejanía, solo la soledad para poder curarse. No duele cambiar de piel, simplemente no se sabe qué y cómo hacer.
Solo la basura, solo la lejanía, solo la soledad para poder curarse. No duele cambiar de piel, simplemente no se sabe qué y cómo hacer.
viernes, 5 de junio de 2015
La muerte o antesala de consulta.
Releo el poema de Aleixandre, oscuro en la adolescencia y canto de gorrión afónico en la madurez. Miro los ojos azules y el cuerpo gastado de aquel que estuvo una vez en mi miembro. Lo llamaban Brad y lo vi desfilar entre trajes familiares. Nunca más quiso saber hasta hoy.
El encuentro con la muerte nos hace huidizos, insolidarios, de una dignidad innecesaria. Siempre soñé con un desfilar de cuerpos que comparten la pasión, iguales que pueden sacar la lengua al fantasma de la estupidez. No soy un enfermo, solo tengo un virus que hace mutimillonarixs a farmacéuticas y políticxs corruptxs. No padezco ninguna enfermedad, solo asisto al baile del recuento de votos, defensas y hostilidades. La tirana que me dio el ser siempre mira por mí. Oculta su odio en la prevención de la enfermedad de otros y no entiende que educar empieza por dar. Cuando no se da, no se puede reclamar recibir. El cáncer familiar la ayuda en su destino cristiano de sufrimiento. Las cuestaciones consiguieron que el cancro fuera de derechas, respetable, vendible para hablar de coraje, fortaleza y entereza.
Lxs del encuentro tumultuoso por el contrario somos carxs. Nos lo repiten médicxs, enfermerxs, farmacéuticxs. Hasta un amigo querido te lo espeta como cálculo electoral o político. Pocxs han vivido el miedo a la muerte, al no te hablaré jamás, al no te tocaré nunca cada tres, cuatro, seis meses. Cada cita te recuerda que escoria y tú nacisteis en fechas diferentes pero sois lo mismo... La farmacéutica recién incorporada te habla de sus problemas logísticos y económicos. Te mira con la sonrisa aprendida de azafata de bajos vuelos. Tú le hablas de derechos, ciudadanía y sentimientos, ella te habla de gestión y locura. Siempre se acaba hablando de la locura. Les desean a lxs malvadxs tu estar con una sonrisa y te miran como a un arma descargada. Lxs carcelerxs tratan con delincuentes, ellxs con escoria reinsertada.
Salgo del nosocomio sin erección, sin ganas de llevarme su miembro a mi boca. Imagino un club de la lucha con el otro Brad, un club de encontradores tumultuosos que penetran para seguir encontrándose, un club donde la locura forme parte del deseo.
Releo el poema de Aleixandre, oscuro en la adolescencia y canto de gorrión afónico en la madurez. Miro los ojos azules y el cuerpo gastado de aquel que estuvo una vez en mi miembro. Lo llamaban Brad y lo vi desfilar entre trajes familiares. Nunca más quiso saber hasta hoy.
El encuentro con la muerte nos hace huidizos, insolidarios, de una dignidad innecesaria. Siempre soñé con un desfilar de cuerpos que comparten la pasión, iguales que pueden sacar la lengua al fantasma de la estupidez. No soy un enfermo, solo tengo un virus que hace mutimillonarixs a farmacéuticas y políticxs corruptxs. No padezco ninguna enfermedad, solo asisto al baile del recuento de votos, defensas y hostilidades. La tirana que me dio el ser siempre mira por mí. Oculta su odio en la prevención de la enfermedad de otros y no entiende que educar empieza por dar. Cuando no se da, no se puede reclamar recibir. El cáncer familiar la ayuda en su destino cristiano de sufrimiento. Las cuestaciones consiguieron que el cancro fuera de derechas, respetable, vendible para hablar de coraje, fortaleza y entereza.
Lxs del encuentro tumultuoso por el contrario somos carxs. Nos lo repiten médicxs, enfermerxs, farmacéuticxs. Hasta un amigo querido te lo espeta como cálculo electoral o político. Pocxs han vivido el miedo a la muerte, al no te hablaré jamás, al no te tocaré nunca cada tres, cuatro, seis meses. Cada cita te recuerda que escoria y tú nacisteis en fechas diferentes pero sois lo mismo... La farmacéutica recién incorporada te habla de sus problemas logísticos y económicos. Te mira con la sonrisa aprendida de azafata de bajos vuelos. Tú le hablas de derechos, ciudadanía y sentimientos, ella te habla de gestión y locura. Siempre se acaba hablando de la locura. Les desean a lxs malvadxs tu estar con una sonrisa y te miran como a un arma descargada. Lxs carcelerxs tratan con delincuentes, ellxs con escoria reinsertada.
Salgo del nosocomio sin erección, sin ganas de llevarme su miembro a mi boca. Imagino un club de la lucha con el otro Brad, un club de encontradores tumultuosos que penetran para seguir encontrándose, un club donde la locura forme parte del deseo.
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