viernes, 5 de julio de 2024

Los machos no dejan morir

El teléfono sonó a las dos de la madrugada un viernes día del orgullo. La temperatura había subido. La muerte llegaba. Medio dormido de ansiolíticos y antidepresivos, caminé casi sin sentir. Fumar, un brazo pesado y el andar demasiado lento. Al llegar, el patriarca sonreía como siempre pensando en sus espíritus y sus informaciones de Babia. Después llegó el psicópata, león enjaulado de odio y demonios. Emitió un gruñido. Ya en la habitación comencé a sentir, llorar y besarla. El patriarca le posó las manos y emitió su ceremonial 'ya está, tranquila, todo va a ir bien'  de converso beatífico. El psicópata solo miró. 

Me senté a su lado y le cogí de la mano. No di opción y ellos respetaron o aceptaron. Al marica que nunca fue niña le conceden el espacio del sufrimiento. Y entonces empezaron a hablar. Los machos no dejan morir. No recuerdo de qué hablaban, sé que me sumé y me uní al disparate. La respiración era más lenta. Entró la enfermera y la temperatura subía. Había largas apneas. Ellos seguían hablando, ya de temas triviales. Le cogía de la mano, se la acariciaba, los machos seguían hablando y el marica se sumaba. 

Recuerdo implantar silencios para ver si se había ido. El patriarca se acercaba y sentenciaba la vida. Se volvía a sentar y seguían hablando. Casi no la vi dejar de respirar por sus voces, pero sentí su mano fría y su boca quieta. "Creo que ya está" supongo que dije. El patriarca se acercó, dejando por fin de hablar, posó sus manos de sacerdote y sentenció "todavía hay vibraciones u otra palabra sacrificial". El psicópata reclamó a la enfermera que certificó el final. 

Todo fue natural, me abracé a su cara y le devolví todos los besos que me había dado en aquellos días y sentí demasiado para los machos.  Salí por los pasillos llorando hasta llegar al aparcamiento y poder estar solo, llorar con desgarro como los machos no soportan. Les hubiera dicho que se fueran, que dejaran su tranquilidad paternalista para sus muertos, que no mancillaran más los míos. 

El patriarca salió a buscarme. Creo que me dio un abrazo y musitó algo como qué te ocurre. Ocurría todo: los años de soledad, de diferencia, de ser una familia de cuatro y no de cinco, de tener que separarse para respirar, de engaños, menosprecios y encima quererte, quererte porque no queda otro remedio, de ser el muysensiblequizámaricaquevinoderebotealqueledejaronelpuestodelasmujeres. Le contesté es que quiero estar mal. Calló y noté ese respeto de la incomprensión que te deja más solo todavía.

Entramos al cuarto donde se espera al burócrata del que se agradece su impasibilidad. El patriarca empezó a contar sus experiencias de autocuración, sus regresiones de santuario de Dodona. Al menos no habló de la posibilidad de su libro. Se le veía orgulloso, henchido de santidad y añadiendo con aplomo que cada vez había más información y apelaba a sus científicos creyentes. Caí de nuevo en el juego de machos y dije que la ciencia había de ser contrastable y que también había científicos cristianos. El psicópata se revolvía. No me sumé nunca a sus palabras y a sus intentos de ridiculizar al patriarca. El león enjaulado no sabe que de tanto estar metido ya no sabe escapar ni dar miedo, solo zarpazos que aumentan la distancia insalvable. Salí a fumar varias veces. Me dolía la cabeza no por el dolor sino por las palabras que nunca cesaban. Los machos no saben de silencios ni de cuidar, ni de acompañar, solo de imponer su no ver a nadie. 

Por fin llegó el burócrata, de una frialdad reconfortante, datos, fechas. Los machos no saben el nombre del abuelo materno, ellos solo saben de negocios fraudulentos. El marica sí. El psicópata señala qué nombres raros tenían. Pienso que significa pacífico, estoy a punto de decirlo, pero los machos no quieren sutilezas ni referencias a su ignorancia. Solo saben robar, desde dinero hasta almas. Por fortuna me callo. Ataudes, flores, y elijo recordatorios. Mínimo espacio para ella. No digo que le gustaría. Omito todas las referencias personales que se me ocurren. Los machos se pierden en lo personal, lo desconocen. Siguen las cuestiones comerciales, dos tres días, horas. El capitalismo empieza con lo absurdo de no se puede si no pagan. La ansiedad sube y el dolor de cabeza y el desprecio a los tres, a los machos y al burócrata. El patriarca despliega sus habilidades comerciales, sus puertas de atrás para el viaje al planeta prometido. El burócrata hace mínimos gestos, amagos de incomodidad en voz baja.

Cuando por fin todo acaba y el burócrata se marcha, miento al patriarca de que la ansiedad contenida es por los trucos del funerario en los que él es maestro. La ansiedad es por el desprecio que les siento.

Marcho a casa solo andando, llorando por fin a gusto. Me siento en un banco, fumo y lloro. Más distancia, más desprecio, más soledad.

Son las seis de la mañana. Los machos no saben morir.

Homenaje a mamá (panegírico clásico y personal)

 Decir quiénes somos es complicado, pero quizá es más fácil reconocer los legados de aquellos que pasan por nuestra vida.

Mi madre nació en una época en la que se condenaba a las mujeres a ser solo esposas y madres. Y ese trabajo lo cumplió a la perfección. 

Pero fue algo más, mucho más. Mujer inteligente, compleja, poliédrica, contradictoria, me enseñó a huir de la simplicidad.

Soñó con estudiar psicología y, si los tiempos se lo hubieran permitido, habría podido ser abogada, política, periodista, todo lo que ella se hubiera propuesto.

Me enseñó el amor a la palabra y el culto a las ideas. Platónica sin saberlo, buscaba sin cesar la Razón. De hecho, era la reina de la razón. Hablábamos sin parar y discutíamos con pasión, retorciendo los argumentos hasta el infinito.

Defensora a ultranza de la sanidad y la educación públicas, me evitó vivir el elitismo vacío y dogmático.

Pero quizá su mayor legado fue la enseñanza de la libertad, de la autodeterminación, la autarquía de estoicos y epicúreos. Una libertad no de líderes o del culto al dinero, sino la de poder respirar con dignidad.

De pequeño me llamaba insurrecto, imagino que con una mezcla de orgullo y cansancio. Y al final, siguiendo su hilo del laberinto, he podido conquistar el orgullo y dejar atrás el cansancio de los que te obligan a ser.


Espero esta vez poder cogerte de la mano, y no transitar prados verdes, túneles, puertas o cristales que casi no se abren, sino caminos gozosos que no pudimos o no supimos vivir juntos.

Estos últimos días han sido duros y maravillosos. Me has regalado compartir el miedo, la duda, la soledad, la certeza de que en los placeres está la solución. Me has llenado de besos, cariños y manos sabias. Y me has regalado lo más preciado, el reconocimiento en forma de labios de carmín, que seguro cumpliré.

Y ahora, como Adriano, no sé adónde irá tu tierna alma errante, pero sé que ha sido un privilegio estar aquí junto a ti.

Animula, vagula, blandula, querida mamá, todos los besos son para ti.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Perditum ducas IIII. El patio de luces

 El patio de luces necesitaba ser siempre explicado. No era un patio interior ni una terraza comunal, era el vacío con luz. Allí caían las pinzas, las ropas arrastradas por el viento y pocas veces una maceta. Establecía la separación entre la aspiración a centro de los de enfrente y los que sabíamos que éramos barrio. Las casas eran idénticas, el precio superior. Yo vivía en una calle, ellos en una avenida. Ellos soportaban tráfico intenso y ruido, yo la acequia y el silencio. En ese lado había una pastelería cara de domingo, en este una iglesia interior. Cuando les preguntaban dónde vivían, nunca mencionaban el barrio. Les construyeron moles de pisos caros antes de la invasión de los centros históricos de la ciudades. Desde entonces no hubo marcha atrás. Se constituyeron en sector o en parque público privatizado donde todavía miran mal al que huele a barrio. Mis enfrentes quedaron rodeados de casas que duplicaban o triplicaban su valor, pero nunca se unieron al barrio, quedaron como especie única que mira entre visillos. En ese lado del patio de luces suelen tener verjas. En este lado no ponemos alarmas ni pensamos que nadie entrará en nuestra cama sin pedirlo educadamente tras desnudarse. En este lado del patio de luces abrimos las ventanas con determinación, no tenemos terrazas con grandes toldos y setos de plásticos. Una vez les compré sombrillas a mis pequeños árboles para cuidarles de los líquidos de los aires acondicionados. Me enorgullecí de mi extravagancia japonesa. Los árboles preferían un poco de corrosión a la falta de luz en el patio de luces.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Perditum ducas III. LLegar allí

 Llegar allí era el premio a la excelencia. Luego sabes  que el viejo monstruo aristocrático era solo uno más de la fantasía del común. El elitismo es la máquina forjada para destruir las emociones distintas. A los que sitúan en la cúspide los convierten en arietes destructivos de la rebelión. Allí pertenecía al grupo de los elegidos. A los elegidos siempre los designan otros. Allí ocultaba lo de siempre. No necesitaba ser fuerte. Respondía de manera natural a lo que se me pedía, con un ligero cuestionamiento impertinente. Allí situaban en la cúspide al magnífico repetidor de bagatelas. Te auguraban el futuro brillante solo por pertenecer al nombre. Recuerdo con devoción a los que se salían a los márgenes, aquel que me enseñó a mirar cómo se movían las aguas en los círculos concéntricos, a Carmen, que nos hablaba de las ballenas, de su novela del oeste, y de los premios Planeta amañados, al sabio que me inoculó la pasión por un helenismo que no era el mío. Allí aprendí también la bondad de aquel profesor de literatura que no cumplía los estándares del macho funcional, que manejaba la ternura, la sonrisa y la blandura. Ellos me hicieron, quizá sin saberlo, el mejor regalo para el adolescente atormentado, decirme sin pompa que tenía algo que decir. Entonces lo tomé como el premio con orla que dan al niño complaciente. Ahora, que he vuelto allí, es quizá lo que me impide caer definitivamente. 

jueves, 28 de diciembre de 2023

Perditum ducas II. Aprendiendo el heteropatriarcado

 Estaba sentado en la misma cocina en la que ahora fumo y escribo. Tendría tres o cuatro años, así lo dicta la reconstrucción de la memoria. Mi padre se iba a trabajar fuera, a construir apartamentos para nuevos ricos en el Pirineo catalán. Me preguntó qué quería que me trajera a su vuelta y contesté muy sonriente una muñeca. Todavía recuerdo el silencio. No hubo reproches. Solo se dio medio vuelta y me dejó con la ilusión. Nunca hubo muñecas, ni fuertes de indios desnudos ni una conversación. Supe después, siempre después, entre reproches y a escondidas, que yo era un niño muy sensible, al que le gustaba hablar, nada jugar y que tenía mucho reprix. 

Las cosas de hombres me daban pereza y muchas veces miedo. Me angustiaba la sagrada mili, la demostración más cruel de hombría, con sus novatadas y su orgullo patrio. Pasé años con sueños de barracones plagados de machos sin erotismo, dispuestos a hacérmelo pasar mal por ser muy sensible. 

Encontraba paz con mis vecinos, una madre muy inteligente, un padre que rezumaba sonrisas y un hijo mayor al que le gustaba hablar conmigo. Mostraba siempre curiosidad ante mis palabras. Luego supe o me confesó que le había salvado aquellos años, que recordaba como una excepción aquella relación. Se casó después con una mujer que le exigía lo que no era. La última vez parecía derrotado, o quizá creí que su renuncia a la libertad era una derrota. Ahora ya no lo sé. 

Nunca entendí la afición masculina por la peleas, máxime cuando no había torsos depilados y musculados que acabaran en sexo. La cultura, no del ganar, sino de acabar con el otro, me sumía en tal tensión, que prefería siempre la retirada. Dos veces me retaron, una un loco que decía que me había visto fumar. No acudí y estuve mucho tiempo temeroso por encontrármelo y por la cobardía. Otra, para pertenecer al club de machos preadolescentes. Fui expulsado por delito de cobardía. Lo pagué durante años consciente de mi incapacidad para ceder y ajustarme a esa sociedad salvaje. Mi solución era la ficción de la soledad deseada. 

Nunca tuve un amigo imaginario, solo una hermana deseada, a quien poder contarle mis deseos de hombres desnudos, con quien poder hablar hasta enfermar y reír, reír por cosas que no implicaran dureza, competición, renuncias. 

La casa familiar se me antoja ya mía, después de destruir, reconstruir y perderme en mil intentos. Atisbo la gran renuncia, aunque el niño corajudo se resiste con razón a tal despropósito. Los superhéroes me consuelan, porque comparto con ellos su soledad esquivada y su desmesura. Hace poco me obligaron a destruir el jardín de infancia que siempre soñé. En el fondo fue una liberación. Solía memorizar de pequeño los momentos muy felices, como testigos de que eso era posible. Perdí la cuenta hace tiempo. Solo recuerdo que decidí que mi infancia había sido feliz hasta los cuatro años por el deseo de una muñeca.

lunes, 25 de diciembre de 2023

Perditum ducas I. Entre goteras

 Nací en un colegio entre goteras. Era nacional, público en el fascismo, colegio de barrio para no pagar. El mayor se llevó todas las atenciones monetarias educativas y la madre decidió que lo público era lo mejor. Esa decisión, alejada de toda ideología que no fuera claudicar, me salvó la vida. Me alejó para siempre de los mandatos de clase, esa clase media aspiracional que guarda los yermos del señor con la esperanza de una gorra en la vida eterna. 

Mis compañeros eran hijos de obreros. Alguno llevaba el camión del danone, otros aspiraban a ser taxista alquilado como su padre. No recuerdo por qué estaba sentado en la última fila. Las goteras y los estudios, seguir la senda, siempre se me dieron bien. Llegaron dos gitanos, no recuerdo sus nombres. Los sentaron junto a mí. Uno era alto y narigudo, el otro pequeño y guapo. Uno hablaba mucho y siempre tenía mocos que me fascinaban. El otro hablaba poco por desconfiado, o porque no tenía nada que decir. 

De los gitanos se decía lo de siempre, que eran vagos, que no se integraban y que eran maestros en ayudas y engaños. El burro siempre estaba presente y todos querían olvidar el suyo del pueblo y su huida del hambre. Gracias a ellos aprendí de Tarantos y Montoyas y vi la película con Carmen Amaya, esa señora de daba vueltas retorcidas y que me fascinaba por lo deprisa que se movía. Al día siguiente hablamos de ella y el sabio alto me explicó de qué familia era partidario y por qué. A los pocos días me cambiaron a primera fila. Algunos me preguntaron si había tenido miedo. Imagino que defendí su causa sin éxito y que me hice por un momento Taranto o Montoya. A los pocos meses se marcharon. Casi no hablábamos. 

Con el otoño empezaban las goteras. Alguna clase se cerraba y la directora, alta, enjoyada y amable nos informaba de algo. Aparecía en clase y todos nos levantábamos. Ella hacía siempre un gesto condescendiente con su mano cargada de anillos y nos sentábamos. Me fascinaban su arreglo y sus arrugas y aquel pelo alto y cardado de bucle gordo. Algunos decían que había sido amante de don Jesús, que vivía en las Delicias y nos dirigía todos los años en con flores a María. 

Fue más tarde cuando quise ser profesor por amor. Entonces solo sacaba buenas notas, incluso en educación física, que no hacíamos. Recuerdo con agobio cuando me preguntaron qué quería ser de mayor. Quería tener siempre respuestas y me decidí por arquitecto. A la familia le sentó bien. El mayor, psicópata adulador, me designaba  Gaudí y yo decía complaciente que diseñaría las casas que mi padre construiría. Prestigio, postín y poder, otra saga familiar surgida de la nada. 

Me hacían sentir que era diferente, que me querían solo por ser de la familia. Su ocupación y la preocupación no iban dirigidas a mí. La apuesta no deseada por la soledad empezó ahí, en el cálido hogar donde a cada uno le daban lo que necesitaba. Me hicieron entender que yo no necesitaba nada.

Después de los gitanos llegó Co, mi primer amor sexual. Era alto, fibrado, con una sonrisa franca y seductora, desvergonzado y nada preocupado por los estudios. Nunca se rio de mí, incluso intentó enseñarme a ligar. Me trataba como lo hacen los heteros cuando saben que no hay peligro, calmado, amable, casi tierno siempre que todo fuera a dos. Nos reíamos. Decían que follaba en los campos. Allí nunca me llevó. A los pocos meses se marchó. Siempre quise ser Co.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Carta a mi padre por fin...

Me gustaría que estuvieras aquí... pero quién. Estoy desnudo, vino y más... Nina Simone y las ganas... Only my baby y sentirse normal, en Glasgow o en el instituto. Enseñar feminismo y destronar testosterona, hablar y comer pollas... Todxs en busca de los abrazos... Mi niño que enreda manos y produce erecciones, supura sexualidad y teme a los demonios. Something he can say y no dice y tú esperas y todos las espadas como labios. Y respirar y excitar los pezones y sentir aliado a esos músculos negros sin miedo, antifascistas, culo duro y polla descomunal y excitación barata, pagada en aras de la redistrubución de la riqueza. Y no poder ser, no poder tomar café sin sentirse diferente, extraño y solo alieno en el mundo del construir, en ese mundo de afectos que domestican, destrozan y pervierten. Sospecho que eso es el paidagogós. Encontrarlo en diez años y liberar eccemas sí, y meditación y saber lo que te gusta y detectar el encantamiento sincero, ese que es todos los besos de Juvencio y de todas las Lesbias desvirgadas de élite y sumisión. A la libertad la llaman inoportunidad y el papel de advertencia y la sororidad en los cuerpos que solo son trans, sean mujer y mujer u hombre en despacho compartido. Y luchar contra el niño pequeño asustadizo al que he aprendido solo a cuidar, solo a ver en ese espejo al que deseo y del que me distancio para no enloquecer, para evitar el fracaso, porque todo lo humano no es un demonio, mi niño no con ojos morados, sino vano, evanescente. Solo nuestras manos son verdaderas aunque no lo quieras, aunque lo desees pero no te excite. Has sentido orgasmos que negaré y necesidad de mí que disimularé.
Pero ahora sí valoro, ese amor que me quieren quitar con la jerarquía, las normas, y ese Bílbilis ónfalos del no ser. Transición lesbiana que nunca se atreverá a ser polla. Ser hetero para su felicidad, para la mía, siglo XX duro pero sincero, rapaz, ala extendida que le gustaría ser mi Íkaro.
Desconjugar es sabio y retirarse ante el que quiere otra cosa sensato, siempre marcando el territorio excepto cuando se te desnudan con ropa de sinceridad. Y el marica de los maricas queriendo robar...pero los maricas se me han muerto y los heteros ya no me importan. Solo me importa esa mezcla bendita de respìraciones y enajenaciones químicas, de sortear literariamente las leyes que siempre amordazaron mi erección.
Soy rítmico atenazado pero prometo mi salvación en cada firma.
Derrochamos el erotismo siempre construyendo lo que nos une y nos une ese amor que mejor nunca declarar porque no está más allá, más allá del seguir sin estar, sin obstetricias ni disidencias, sabiendo que Pasolini nunca creyó en Freud, ni Sófocles. Los cuatro sabemos que el acto es la potencia y que la atadura no es la religión sino la podredumbre y nacimos exquisitos, es decir, sin preguntar. No hay que preguntar, ni reclamar sino dar y mirar, no esperar.
Cambiar tu ritmo y que todo fluya... ay mis necixs enajenadxs que solo saben quitar en revancha sin alcohol.
Voy y vuelvo pero no sanaréis y yo moriré en gozo, como aquel que no quiso enseñarme a templar porque me odiaba en su debilidad demasiado poco como para no hacerme fuerte y respetable, digno de su sucesión de animal admirable. Los supiste enfermos pero te daba demasiado miedo. Nunca pudiste con mi igualdad y mis reproches de no enseñarme a acariciar. Sabías que era yo y esperaste al final. Y sonreíste, por fin, ciego de morfina y muerte. Y supe que era yo y nadie más. Que la sangre no eran esas dos tetas cristianas, sino mis ganas de comerme su mundo y saber que algún día no haría falta que me dejara cuidar porque ya era poderoso. Y lo soy, padre mío, a pesar de la sociología y de todas las Yocastas malditas...

viernes, 8 de diciembre de 2017

Perifèries habitables

Tenir un cor excesiu té un preu, probablement el de la soletat.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Workingout in Ocala. Mañanas de instituto. Homenaje a Moonlight.

Hoy he sentido el hachazo de la heteronorma, de las tardes de fútbol, de las miradas desaprobatorias de la madre, de las conversaciones calladas sobre la sensibilidad del niño, del qué he hecho yo para que odies así a las mujeres. Hoy me han insultado con palabras amables, con equidistancias conceptuales, con navajas de centro de ciudad. Fumo y chupo pollas porque me da la gana, no para arriar la bandera de aquellos que matan más de una mujer al día, esa bandera de odio que practica cada día la exclusión pero se siente intimidada cuando le reclamas la libertad que te han quitado.
Sentí asco, ansiedad, todos los eccemas se pusieron de mi lado y me avisaron de que aquel sujeto era despreciable. De que cada vez que muestras tu bendita vehemencia no les das razones de moderación sino solo denuncias los asesinatos de buen orden que querrían perpretar cuando les dice que su heterosexualidad es un proyecto aberrante sin cura, que su agresividad de sonrisas compasivas esconde el peso de su historia de crímenes atroces.
Me sumieron en la categoría de ser abyecto, en la minoría con proyectos de violación, en el círculo que debe ser silenciado, acomplejado y sometido a sospecha infinita.
Soy anómalo y abyecto y orgulloso de provocar el temblor ante mis miradas y mis actos. Porque soy libre y eso les espanta. Porque soy capaz de decir que intentaron rescribir mi historia e intentan asesinar la de otrxs todos los días. Porque soy incapaz de sentir la mínima parte de su desprecio y eso les hiela.
Soy aberrante porque detesto su poder inotorgado, porque les digo que sus pasos son el flagelo de la mayoría, porque cuestiono su identidad en cada gesto.
No me desdeciré, no ocultaré y lucharé en cada poro por odiar porque su testosterona no me condena a no sentir, a no llorar y a no buscar en cada dedo un cómplice para el placer.
Soy de la raza de Titanes que nacieron para el no ser, pero todavía les muestro mi deseo y no me atormento.


domingo, 8 de octubre de 2017

De talleres LGTBQI y grupos de trabajo

Si tuviera valor para  ir al psicoanalista, le contaría ese suceso de la infancia que permanece vívido y todavía duele. Era una tarde casi noche de verano, una piscina comunal y una celebración de partido de fútbol y tribu humana. Los miraba extrañado como casi siempre, ajeno y con ganas de compartir. La melancolía estaba como compañera de mortaja. Era feliz porque había risas, familias y cuerpos duros de hombres.
Y entonces llegó el momento, ese en que todo cambia en mis tripas y me invade el dolor. Reclamaba en silencio que alguien me tocara, que alguien me besara. Los ojos no valen como método de comunicación. Y se acercó ella, a la que quizá amaba y a la que había ayudado a poner un sujetador sintiendo que su erotismo no era el mío. Y me dio un trozo de tarta, un trozo que sentí como el resto caritativo que se les da a los subalternos. Supongo que no era verdad. Estallé en lloros y tiré el trozo de tarta al suelo. Salí del bar y me encontré con un césped y unas piscinas solas, vacías como yo.
No recuerdo cuándo ni cómo volví. Sé que luego me hablaron y seguro que me sonrieron y quizá comiera algo de la tarta. Me sentí como muchas veces me siento, inmensamente solo y sin capacidad para que nadie me quiera. Sentí  todos los torrentes desbocados del amor y la incapacidad más devastadora para compartir algo en este mundo.
Imagino su perplejidad, la claves de colocarme en el mundo de los raros, los sensibles, de esos que hay que aguantar porque comparten apariencia humana y hemos decidido sacralizar la vida. No eran tiempos de psicólogos ni de comprensión. Era el tiempo brutal de las categorías cerradas, de las sacristías y los electroshocks. Y supongo que opté por sobrevivir, por callar y sonreír, por no jugar porque ni sabía ni me gustaba, por desear una hermana que me abrazara y me dijera que no pasaba nada, que entre sus brazos en ningún momento de mi vida iba a pasar nada.
No he aprendido a estar con el otro, sí a respetarlo y quererlo en la distancia. Por eso quizá el ansia irrefrenable de polla, de que te deseen siempre porque nunca te voy a dañar. Y al final daño. Daña el infante inocente que no sabe hablar, solo sentir. Y llega, siempre llega,  el momento en el que todo se vierte por el precipicio,  ese que, como Sísifo, ya no tiene remedio.

martes, 25 de julio de 2017

Cenizas y un puente

Ahora entiendo aquel "búscate a alguien que te cuide". Ahora mi incapacidad, mis ansias de acercarme para luego huir. Nací con el síndrome, con todas las respuestas afirmativas, con la barrera de la soledad. Nunca sé cómo hacer para que no me dañen. Puedo escuchar, saber que el dolor escapa tras cada sonrisa, cómo hipnotizan mis cuidados. Pero luego llegan las dudas, el estómago sáfico, un odiar y amar que sí sé. Sonrío como un cachorro y busco cachorros que nunca me desean pero sí quieren, que perciben que nunca les dañaré pero que mi deseo no es el suyo.
Jodido era morirse porque jodido era vivir sin poder dar.
Fueron días de ternuras, de aprender la potencia de ser sangre aunque no se quiera, de la brutalidad de no poder hablar ni conectar, de la historia que te lleva a ser aquel que alguien dictó, pero tú no quieres. Aquel te quiero mucho fue la vida y el abrazo la muerte: abrazo no correspondido, de sumisión y de adoración, de incapacidad de querer más allá del nacionalismo militante, de la españa sometida que hiede.
Ahora restaño heridas que son cigarros decididos, que son dinero de caridad, engaño pactado, nobleza pasoliniana. Demolí tabiques, derroché objetos y descubrí pezones sangrientos. Media vida para quererme y odiarme, para alejarme de todos a los que serví, de todas a las que seguí.
No espero casi llamadas y anhelo respiraciones. Es la enseñanza de la soledad, de la contricción, de los propósitos de enmienda y de los benditos mensajes negros de aquel que se acerca...
Supiste sonreír una vez y aguantar el dolor, compartir el sagrado libro que te lleva allí donde no se te desea. Tienen más miedo que tú, más dudas y menos deseos... Y cada día esperas que todo sea verdad y cada día descubres que tu puerta solo es causal.
Me levantaré mañana sin fumar entonando la parodia que te destruye. Los cuerpos no se compran,
salvo las caricias, la intenciones y las sonrisas... Te compran cuando te someten y te hacen decir que sí. He destrozado mis yugos y nunca quieren tu libertad.

domingo, 8 de mayo de 2016

Beatus Ille

Es agradable tener necesidad de polla. Es agradable mamar rabo. Querría ser digital. Adoro mamar colocado.

sábado, 13 de febrero de 2016

Polvo blanco en la basura

Me gustaría ya descansar de la tiranía del sexo de la que hablaba Buñuel. Nunca suficiente el tamaño, los músculos, el número. Nunca suficiente el yo, siempre imprescindible el otro. Alfredo me decía a sus casi dieciocho que necesitaba descansar, sentar la cabeza y dejar de sentirse solo. Él busca gente, amor, familia. Yo huyo... Me aterran, agotan, fascinan lxs humanxs. La psoriasis se queja, crece, solo mengua con cada cuidado propio, con cada construcción de soledad, casa, respiración.
Solo la basura, solo la lejanía, solo la soledad para poder curarse. No duele cambiar de piel, simplemente no se sabe qué y cómo hacer.



viernes, 5 de junio de 2015

La muerte o antesala de consulta.

Releo el poema de Aleixandre, oscuro en la adolescencia y canto de gorrión afónico en la madurez. Miro los ojos azules y el cuerpo gastado de aquel que estuvo una vez en mi miembro. Lo llamaban Brad y lo vi desfilar entre trajes familiares. Nunca más quiso saber hasta hoy.
El encuentro con la muerte nos hace huidizos, insolidarios, de una dignidad innecesaria. Siempre soñé con un desfilar de cuerpos que comparten la pasión, iguales que pueden sacar la lengua al fantasma de la estupidez. No soy un enfermo, solo tengo un virus que hace mutimillonarixs a farmacéuticas y políticxs corruptxs. No padezco ninguna enfermedad, solo asisto al baile del recuento de votos, defensas y hostilidades. La tirana que me dio el ser siempre mira por mí. Oculta su odio en la prevención de la enfermedad de otros y no entiende que educar empieza por dar. Cuando no se da, no se puede reclamar recibir. El cáncer familiar la ayuda en su destino cristiano de sufrimiento. Las cuestaciones consiguieron que el cancro fuera de derechas, respetable, vendible para hablar de coraje, fortaleza y entereza.
Lxs del encuentro tumultuoso por el contrario somos carxs. Nos lo repiten médicxs, enfermerxs, farmacéuticxs. Hasta un amigo querido te lo espeta como cálculo electoral o político. Pocxs han vivido el miedo a la muerte, al no te hablaré jamás, al no te tocaré nunca cada tres, cuatro, seis meses. Cada cita te recuerda que escoria y tú nacisteis en fechas diferentes pero sois lo mismo... La farmacéutica recién incorporada te habla de sus problemas logísticos y económicos. Te mira con la sonrisa aprendida de azafata de bajos vuelos. Tú le hablas de derechos, ciudadanía y sentimientos, ella te habla de gestión y locura. Siempre se acaba hablando de la locura. Les desean a lxs malvadxs tu estar con una sonrisa y te miran como a un arma descargada. Lxs carcelerxs tratan con delincuentes, ellxs con escoria reinsertada.
Salgo del nosocomio sin erección, sin ganas de llevarme su miembro a mi boca. Imagino un club de la lucha con el otro Brad, un club de encontradores tumultuosos que penetran para seguir encontrándose, un club donde la locura forme parte del deseo.

sábado, 4 de octubre de 2014

En todas las familias, querido Kuro, hay alguien que pasa inadvertido, alguien cuya imperturbabilidad hace que no se valoren su estado, sus actos, incluso su brillantez. En nuestra casa tú ya sabes cuál es. No la visitabas mucho y yo durante mucho tiempo la creí de plástico.
Te echamos mucho de menos, Kuro, todos. La casa está más madura, ordenada, limpia, pero no aguanto sin tus abrazos. Las cosas han decidido ocupar su espacio y yo se lo agradezco.
Ella se ha secado mucho, de pena, de sol y de impotencia. Nos floreció y no la vimos, o tú sí, que eras más listo y me enseñabas a hacer presente la vida. Practico el reposo y lloro en cuanto siento.
Nos llamábamos Marko, Luis, Rubén, Javi y nos gustaba mamar pollas. Las buscábamos con fruición, todo el día, en la panadería, en la fruta, en los bares, en los baños públicos y privados, en las duchas, en las federaciones, en las farolas y en los ascensores.
Nos gustaba comer rabos y lo hacíamos muy bien. Luego nuestros padres nos llamaban David, Juan, Víctor, Óscar, párroco de la muerte... Todo muy ordenado y con un apretón de mano viril al final. En medio bocas que succionan, cuanto más  odiador mejor felador delicado...

Crímenes de lesa humanidad (I)

Ahora que mi padre vive en 1998, se ha instalado veinte números más allá de su residencia oficial y ha tenido el gusto de olvidar los gobiernos de Aznar y Zapatero, puedo recordar que nunca fui un niño malcriado, mimado, en definitiva, querido. Nunca me regalaron una muñeca, ni un globo de helio de precios imposibles y colores fascinantes. Nunca me trajeron con sonrisa y sorpresa una manzana de caramelo y cuando mi deseo pidió un fuerte de indios ávidos de sexo, obtuve un ajedrez al que nadie sabía ni quería jugar.
Sabía, sentía que era un niño no querido. Recibía la aprobación social porque no molestaba, pero en casa trataban con amable recelo a aquel niño guapo con cara de niña, blando, al que no le gustaba jugar y quería hablar de cosas que a nadie interesaban. Ensayé hasta los cuatro años el disfrute de los sentidos. Epicuró me envidió. Después de los cuatro adquirí la certeza humana de que yo no era como se debía ser, al menos en esa querida familia...

miércoles, 26 de febrero de 2014

Kundalini yoga

No nos dejan ni vomitar de dolor. Mi madre decía: soy una mujer fuerte y las lágrimas me las trago yo; mimejoramigo decía, pero por eso no te vas a hundir...
Todos somos fantasmagoria y lloramos por nada y por la nada, por todo y por el todo. Mi ser más querido se muere en mis brazos y no tengo derecho al duelo. Estoy solo, decidiendo cuándo morirá y mi hermano diría:si-quieres-le-doy-yo-una-patada-o-dos-o-le-retuerzo-el pescuezo.
Sí, era un niño muy sensible y soy un hombre que solo quiere llorar en paz y lejos de todo lo que huela a humano.

domingo, 23 de febrero de 2014

Soy el pino inclinado que enraiza junto a un canal soterrado...

sábado, 23 de noviembre de 2013