No nos dejan ni vomitar de dolor. Mi madre decía: soy una mujer fuerte y las lágrimas me las trago yo; mimejoramigo decía, pero por eso no te vas a hundir...
Todos somos fantasmagoria y lloramos por nada y por la nada, por todo y por el todo. Mi ser más querido se muere en mis brazos y no tengo derecho al duelo. Estoy solo, decidiendo cuándo morirá y mi hermano diría:si-quieres-le-doy-yo-una-patada-o-dos-o-le-retuerzo-el pescuezo.
Sí, era un niño muy sensible y soy un hombre que solo quiere llorar en paz y lejos de todo lo que huela a humano.
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miércoles, 26 de febrero de 2014
sábado, 23 de noviembre de 2013
sábado, 2 de octubre de 2010
Kuro y Cascaradenuez (p)
Los gatos saben que la única realidad posible es la soledad y el aislamiento. Cuando encuentran a un humano que también lo sabe, nunca más se separan de él.
viernes, 6 de agosto de 2010
Kuro destroza el tiempo (p)

Kuro es fiel, con la fidelidad del que sabe que podría estar con otro.
Kuro no entiende de cámaras de fotos, ni de correos electrónicos ni del ipc previsto ni de la competitividad basura. Entiende de olores, los míos, de cabezazos y ronroneos y de piernas entrelazadas siempre en la misma cama. Y entiende de miedos y huídas pero sabe que solo todo es peor.
Kuro aprendió la pereza, la inconstancia, la falta de rutinas. Y aprendió que las bolsas no eran monstruos, que los ruidos a veces no quieren decir nada. Olvidó que los libros dicen que los gatos odian los besos y un día decidió que su cabeza necesitaba un segundo beso, que agradecer la comida sabrosa le hacía feliz.
Kuro ha podido despertarse de una siesta sin sobresaltos, sin la cara vigilante, solo con un bostezo felino y una pata que se extiende a mi cara, que reclama mimos y compañías.
Ahora ya son solo las siete y media de otro día estival más. Kuro duerme. Un macho humano joven exhibe su fuerza y habilidad a una hembra que le sigue el juego. Solo queda una decrepitud lejana y una vida fuera que ya no es la mía.
domingo, 28 de febrero de 2010
La maldita manía de poseer
Kuro hace que las conversaciones sobre la crianza de niños se me hagan menos insoportables, incluso a veces entretenidas. Los pañales, papillas, miedo a las desgracias del bebé se transforman en tierras, maltas, dificultades para darle medicamentos. Sus risas por las ocurrencias del cachorro humano me llevan a las caricias de Kuro, a su empeño en que comparta sus juegos, a sus maullidos cómplices cuando lo lleno de besos.
Solo tengo la frustración del silencio, frustración por no poder comparar lo que es igual: la relación de un desvalido con otro que lo cuida. Pienso en los errores de considerar una posesión al que tienes enfrente, sea humano o mascota, de esperar que sean nuestra prolongación natural, de esperar que el cariño sea gratuito.
Kuro me mira, observa y aprende y yo lo miro,observo y aprendo. Nos cuidamos aunque no sepa exactamente qué piensa o siente por mí. Me basta con que salga a recibirme cuando abro la puerta de casa, que necesite compartir mi cuerpo en la cama, sofá o sillón o que me busque para sus juegos muchas veces incomprensibles. Sueño con que sus ojos sean de ternura cuando me mira refugiado en mis piernas.
Mantenemos un pacto de no agresión mutua, de independencia en nuestra necesidad de tocarnos. Sé que nunca seremos iguales ni nos entenderemos pero sé también que nunca nos castigaremos por ello.
martes, 6 de octubre de 2009
CVB (p)
Oí una vez que alguien desconfiaba de aquellos que quieren a sus mascotas porque no saben querer a los hombres. Él, que no se atreve a disfrutar, se equivocaba. He visto enternecerse al macarra sexualmente más salvaje ante la visión de un gato enfermo en una consulta veterinaria. He visto a perros, gatos y humanos, nerviosos ante la visita del mal, afrontar sus miedos con caricias y lengüetazos. He sentido la solidaridad más sincera y he compartido ojos arrasados de entendimiento.
Quitarse las corazas oxidadas del animal cultural humano es quizá una de los pocos actos de libertad placentera.
Quitarse las corazas oxidadas del animal cultural humano es quizá una de los pocos actos de libertad placentera.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Batallas de la nada
Con Kuro aprendí "primero calmar, luego curar". Sus batallas, como todas las de los nacionalismos, son estúpidas, instintivas, de iguales pretenciosos. Nadie le va a quitar su territorio porque su territorio no existe. Su cuerpo y su pelo crecen, su aullido se hace profundo, interminable y sus movimientos lentos, elegantes y trágicos a la vez.
Kuro y su oponente, el Negrito Malo, mantienen su ficción de independencia felina. Otean sus territorios de la nada sin poder compartir un rayo de sol. Luego Kuro regresa lloroso, cojea, hace ostensibles sus heridas y cierra cualquier posibilidad de comunicación. Solo desea que su gigante humano lo calme, que vuelva a su papel de madre acogedora, de seguridad impenetrable en su casa fortín.
Las literaturas gatunas varias dicen que su percepción es la de dejarte compartir su casa. Sospecho que Kuro sabe que está en mis posesiones. Es cuidadoso con lo mío, salvo cuando quiere hacerme partícipe de sus juegos. Busca vibraciones de bienestar, de vida sin miedo y el tiempo tozudo lo va instalando en la confianza.
Nunca entendí las luchas humanas por poseer sin compartir, las batallas que destruyen para crear, los aullidos atávicos que solo reclaman sangre. Cuando veo a Kuro lamiendo mi brazo y compartiendo caricias sin más objeto que el placer, maldigo el instinto ciego de la posesión que provoca batallas por la nada.
viernes, 18 de septiembre de 2009
Silencios postcoitales (p)
Me temo que Kuro y yo envejeceremos de la misma manera: él nunca sabrá que nunca le haré daño y yo no me terminaré de creer que esto se acaba, que las parcas del placer existen. Sigue creyendo que alguien o algo puede ocupar su lugar o el mío. Muestra su pasión y cautela hacia mí igual que yo a los grandes hacedores de sexo: siempre hay tiempo para el olvido, para la sustitución, pero podría prolongar los momentos eternamente. Kuro necesita y siente. Yo espero y deseo.
martes, 7 de julio de 2009
Un muchacho cada vez menos perdido
Kuro llegó a mi vida hace casi tres años a través de un cartel de “se regala gato”. Yo no sabía nada de gatos y creo que él tampoco de humanos desvalidos. Era siamés, grande, hablador sin descanso y muy adicto a la comida puesta por mi mano.
Tenía dos años adivinados por la veterinaria y una historia de abandonos, miedos y viajes sin rumbo que nunca me podrá contar, pero que sí puedo adivinar en sus gestos. Soy su quinto compañero conocido: cinco hogares, cinco viajes y un miedo atroz a un mundo que no comprende muy bien y que hasta ahora le ha dado promesas bienintencionadas y no cumplidas.
Podría contar mil anécdotas de desencuentros, afectos y horas compartidas, aptas solo para gatófilos sin escrúpulos, pero quizá la que explica quién es Kuro son esas conversaciones que tenemos cuando viene mi amiga Chus y él se aproxima miedoso, me mira y me maúlla diciendo algo así como “querría acercarme, sé que es buena y tú también, pero no puedo. Tengo miedo a pesar de que estés tú y me puedas salvar”. Da algunas vueltas, me dedica sus caricias primeras y algunos cabezazos de complicidad y mira a mi acompañante. Cuando todo parece ir bien, cuando la distancia con ella ya es nada, un resorte le hace saltar y se aleja. Me mira y sigue diciendo: “la próxima vez lo intentaré y espero conseguirlo”. Mis palabras de confianza y cariño le alivian, pero no son suficientes.
Los tópicos gatunos de independencia, altivez, desprecio, arrogancia, han quedado superados. Me quedo con sus mañanas de fin de semana cuando sube a mi cama y como un amante delicado me lame la nariz y con su pata me acaricia la cara, la calva y tumba su cabeza en la almohada frente a la mía sin maullidos, solo con los ojos del que sabe que ahora sí puede confiar.
Tenía dos años adivinados por la veterinaria y una historia de abandonos, miedos y viajes sin rumbo que nunca me podrá contar, pero que sí puedo adivinar en sus gestos. Soy su quinto compañero conocido: cinco hogares, cinco viajes y un miedo atroz a un mundo que no comprende muy bien y que hasta ahora le ha dado promesas bienintencionadas y no cumplidas.
Podría contar mil anécdotas de desencuentros, afectos y horas compartidas, aptas solo para gatófilos sin escrúpulos, pero quizá la que explica quién es Kuro son esas conversaciones que tenemos cuando viene mi amiga Chus y él se aproxima miedoso, me mira y me maúlla diciendo algo así como “querría acercarme, sé que es buena y tú también, pero no puedo. Tengo miedo a pesar de que estés tú y me puedas salvar”. Da algunas vueltas, me dedica sus caricias primeras y algunos cabezazos de complicidad y mira a mi acompañante. Cuando todo parece ir bien, cuando la distancia con ella ya es nada, un resorte le hace saltar y se aleja. Me mira y sigue diciendo: “la próxima vez lo intentaré y espero conseguirlo”. Mis palabras de confianza y cariño le alivian, pero no son suficientes.
Los tópicos gatunos de independencia, altivez, desprecio, arrogancia, han quedado superados. Me quedo con sus mañanas de fin de semana cuando sube a mi cama y como un amante delicado me lame la nariz y con su pata me acaricia la cara, la calva y tumba su cabeza en la almohada frente a la mía sin maullidos, solo con los ojos del que sabe que ahora sí puede confiar.
sábado, 27 de junio de 2009
Kuro y las siestas
A Kuro, mi mejor acompañante de soledad
Me gustan las siestas con Kuro. Me gusta su afición a demandar el contacto con la piel, a que su pata, su cabeza o su cuerpo tengan que posarse necesariamente en mi pierna, brazo o costado. Me gusta descubrir que él también abre un ojo para mirar si sigo ahí, o que el sueño le acompaña cuando está conmigo. Me gusta despertarnos e ir a buscar a la vez nuestra comida.
Pero sobre todo me gustan las largas siestas en la cama. Me gusta compartir la sensación de pérdida del tiempo, de vaciedad necesaria y de espacio único y exclusivo para nosotros. Kuro se deja acariciar sin sobresaltos y me obsequia con su lengua tierna y cuidadosa. Me incluye en sus rituales de limpieza y me da pequeñas coces de compañero.
No se aparta nunca y siente como yo que no hay peligro, que no hay necesidades, ni urgencias, que todo nuestro universo se reduce a ronroneos y sonrisas. Sé que lo humanizo en la medida en que él me feliniza. Pero esa es la magia de nuestras siestas: no me importan sus pelos extendidos por doquier como a él no le importan mis perfumes innecesarios. Solo necesitamos sentir nuestra carne junta, pegada como un nuevo animal que descansa y no llora.
Pero sobre todo me gustan las largas siestas en la cama. Me gusta compartir la sensación de pérdida del tiempo, de vaciedad necesaria y de espacio único y exclusivo para nosotros. Kuro se deja acariciar sin sobresaltos y me obsequia con su lengua tierna y cuidadosa. Me incluye en sus rituales de limpieza y me da pequeñas coces de compañero.
No se aparta nunca y siente como yo que no hay peligro, que no hay necesidades, ni urgencias, que todo nuestro universo se reduce a ronroneos y sonrisas. Sé que lo humanizo en la medida en que él me feliniza. Pero esa es la magia de nuestras siestas: no me importan sus pelos extendidos por doquier como a él no le importan mis perfumes innecesarios. Solo necesitamos sentir nuestra carne junta, pegada como un nuevo animal que descansa y no llora.
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