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sábado, 31 de diciembre de 2011

Y en el reloj de antaño...

Esta noche, como todas, me acordaré de todos los que me abandonaron y de todos a los que quise en balde. Lloraré por mis amores gastados y por el horror vacui que siempre es amar. No dramatizaré (me lo impiden las hormonas) pero acabaré con el estómago lleno y el corazón encogido, encogido de soledad porteña. Y llenaré los pulmones hasta olvidarme de todos sus nombres.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Isaac (mp)

La juventud solo es a los veinte. Lo demás son eructos de una gran comilona.

viernes, 6 de agosto de 2010

Kuro destroza el tiempo (p)


Kuro es fiel, con la fidelidad del que sabe que podría estar con otro.

Kuro no entiende de cámaras de fotos, ni de correos electrónicos ni del ipc previsto ni de la competitividad basura. Entiende de olores, los míos, de cabezazos y ronroneos y de piernas entrelazadas siempre en la misma cama. Y entiende de miedos y huídas pero sabe que solo todo es peor.
Kuro aprendió la pereza, la inconstancia, la falta de rutinas. Y aprendió que las bolsas no eran monstruos, que los ruidos a veces no quieren decir nada. Olvidó que los libros dicen que los gatos odian los besos y un día decidió que su cabeza necesitaba un segundo beso, que agradecer la comida sabrosa le hacía feliz.
Kuro ha podido despertarse de una siesta sin sobresaltos, sin la cara vigilante, solo con un bostezo felino y una pata que se extiende a mi cara, que reclama mimos y compañías.
Ahora ya son solo las siete y media de otro día estival más. Kuro duerme. Un macho humano joven exhibe su fuerza y habilidad a una hembra que le sigue el juego. Solo queda una decrepitud lejana y una vida fuera que ya no es la mía.

domingo, 18 de octubre de 2009

Introducción (III)

Del viaje en autobús no recuerdo nada, solo que me sentí bien entre tanto inmigrante que, como yo, ponía cara de que le habían vendido una tierra de promisión que solo le insultaba y explotaba aunque le diera la posibilidad de otra vida. En eso estábamos igual, nos habían vendido que los viajes curan los males del alma y del cuerpo.

Luego el vuelo. Una dulce compañera de asiento se empeñó en hacérmelo agradable y pude fantasear con nuevos amantes y vidas. Estaba ya casi en Amsterdam y no sentía nada, solo que esa misma tarde había quedado con un hispano para sesión inaugural de sexo y no nada parecía tener remedio.

Creo que me hubiera ido bien de protestante; como católico no estaba mal: buena dosis de sentimiento de culpa, productividad razonable, miedo a la novedad y la confesión interior como modelo de supervivencia. Si a eso le hubiera añadido el éxito social como marca de salvación, en esos momentos sería catedrático en una universidad de prestigio ligando con jovencitos fascinados por mi sabiduría: lástima de haber nacido en el sur y descubrir que las borracheras calman más que las prédicas senequistas. Así que me había quedado en proyecto de sabio, siempre con un montón de libros fundamentales por leer, pero con la habilidad necesaria para parecer moderadamente culto.

Introducción (II)

Pero ahí estaba la maleta abierta, la vecina gritando como una loca a sus pobres niñas y yo en medio de todos. Me hubiera quedado en mi casa una vez más, llorando por lo que tuve, sin ganas de ser otra vez y consolándome porque esta vez habían sido cinco horas de euforia. La hice finalmente sin mucha convicción: preservativos, lubricante, ropa variada, una guía, cámara digital, cuaderno de notas.
Al día siguiente nada había mejorado. Todo estaba empaquetado, previsto: los billetes en su sitio, la dirección correcta. Pero tenía que exhibir una agradable sonrisa: me iba de vacaciones con dinero fresco a la ciudad sin leyes para la moral al uso. En aquel momento envidiaba a mis amigos que se quedaban trabajando en la ciudad paleta, no tenían que disimular, ni asumir grandes retos, no estaban solos, tenían su trabajo de mierda a pesar de ser julio y ninguna expectativa de descanso estival. Yo era para ellos el afortunado funcionario con una vida de lujo y el dinero siempre escaso; para mí todo era un guión en blanco que tenía que inventar.

Introducción (I)

-¿Te hace quedar? - Sí, claro, para eso te he llamado. - Ok. Pues aquí te espero. Luego vino el ritual, el porro, la ducha, todo en un cuarto de hora. Sexo rápido, intenso, vacío y placentero. Esa vez no hubo juegos circenses ni de rol: abrir la puerta y en el pasillo empezar a palpar la carne del otro; después el dormitorio. Tenía 18 (siempre tenía 18 desde hacía dos años), yo 39 (35 según los usos del sexo fácil). No había palabras, solo las justas del juego de la dominación. Fue sexo del bueno, solo de dos aunque él siempre quería tres. El final, como siempre, los dos en el baño sin dirigirnos la mirada y sin hablar: - ahí están las toallitas. Luego mi ducha; él vistiéndose y mi gato acercándose en busca de nuevo dueño. Un adiós sin expectativas y mi maleta sin hacer.

Salía para Amsterdam al día siguiente, veinte años después de lo recomendable y sin ganas para un viaje planificado entre la lujuria y el desasosiego. Había pasado año y medio desde la ruptura y cada paso seguía siendo una conquista en la distancia: no pensar en él cada día, no pasar por su calle, no ligar con gente que le gustaría, no dar una clase en su honor y, sobre todo, dejar de sentir las punzadas matutinas de su adiós.
Era el segundo verano sin él. El primero transcurrió entre sollozos diarios, una extrema delgadez y una piscina rutinaria. El final del día consistía en echarlo de menos una vez más, varios porros y algo de sexo, pagando, gratis, manual, algo que compensara de la soledad. Este verano debía ser el de la emancipación, el de disfrutar como antaño de la desmesura, pero sobre todo el de eliminar el cansancio de vivir.
Era muy estúpido querer derrotar a un fantasma, cuando además al fantasma le importaba poco tu vida. Esperaba que aquel viaje fuera el primer acto de la nueva vida, esa que te espera cuando ya no queda nadie, ni siquiera tú mismo, a quien dar compasión y el futuro es cualquier cosa menos deseable.