domingo, 28 de febrero de 2010

La maldita manía de poseer


Kuro hace que las conversaciones sobre la crianza de niños se me hagan menos insoportables, incluso a veces entretenidas. Los pañales, papillas, miedo a las desgracias del bebé se transforman en tierras, maltas, dificultades para darle medicamentos. Sus risas por las ocurrencias del cachorro humano me llevan a las caricias de Kuro, a su empeño en que comparta sus juegos, a sus maullidos cómplices cuando lo lleno de besos.
Solo tengo la frustración del silencio, frustración por no poder comparar lo que es igual: la relación de un desvalido con otro que lo cuida. Pienso en los errores de considerar una posesión al que tienes enfrente, sea humano o mascota, de esperar que sean nuestra prolongación natural, de esperar que el cariño sea gratuito.
Kuro me mira, observa y aprende y yo lo miro,observo y aprendo. Nos cuidamos aunque no sepa exactamente qué piensa o siente por mí. Me basta con que salga a recibirme cuando abro la puerta de casa, que necesite compartir mi cuerpo en la cama, sofá o sillón o que me busque para sus juegos muchas veces incomprensibles. Sueño con que sus ojos sean de ternura cuando me mira refugiado en mis piernas.
Mantenemos un pacto de no agresión mutua, de independencia en nuestra necesidad de tocarnos. Sé que nunca seremos iguales ni nos entenderemos pero sé también que nunca nos castigaremos por ello.

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