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lunes, 15 de noviembre de 2010

Eco y Narciso

Quizá los amores no correspondidos son como un eco incesante que solo quiere un nombre. Quizá Narciso solo sea un asocial, un apátrida al que la belleza conquistó como a tantos otros. No confío en las prédicas morales ni en los seres sobrehumanos que prometen algo más que la tierra.
El final de un cuento solo es el principio de otro, la belleza el principio de la fealdad y los cuerpos que se unen y se distancian una promesa de algo mejor.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Jesus Christ Superstar versus Dionisos (p) (versus=hacia)

De niño me sabía todas las canciones en inglés y en español e imitaba aquellos gritos imposibles de Jesús y las dulces palabras de María Magdalena. Lo cantaba todo y creía entender esa historia de abandonos y pasiones contenidas. La dejé en mi olvido y la situé en el cajón de pecados de juventud. Pensaba que en el fondo no era más que un salto mortal con la red situada al amparo de un cristianismo más o menos modernizado.
Ayer, un domingo de películas, vapores, desconfianzas en el amor y en el sexo volví a verla, treinta años después. No retenía casi ninguna imagen, aunque las canciones fluían en el recuerdo con bastante exactitud. Se me mezclaban las canciones en español e inglés y empezaba a entender la fascinación que tuve.
Pero me encontré con un mundo diferente, una película gay con un homoerotismo latente y patente. Vi a un Judas negro enamorado de Jesucristo, a María Magdalena llorando por renunciar a un amor impuro, un vestuario dispuesto a entrar en un cuarto oscuro o glory holes. Oí a Jesucristo demandando presente, placer, bienestar; desconfiando del futuro como Horacio, llorando por su vida terrena y despreciando la divinidad. Recordé lo que sentía de niño y no entendía, lo que suponía experimentar un amor sucio, la demanda imposible, la crueldad del padre que te lleva a la muerte en cada negación. Y me acordé también de Dionisos y todos los vapores me hacían ver a aquel Superstar como un mito del amor, del amor sexual reprimido por la burda tradición. Imaginé a Baco danzando desnudo con un Cristo semidesnudo solo para mí. Y canté con Herodes por la frivolidad y con Pilatos por ese sexo desperdiciado.
El mito se construyó perfecto, sensual y lascivo.

sábado, 19 de junio de 2010

Ariadna enredada con su hilo en su propio laberinto (p)

La educación sentimiental paterna fue más oscura y destructiva que cualquier relación paranoide en internet. Y él siempre fue un buen padre...

No sé por qué llaman virtual la vida en internet. Allí se folla, se ama, se conoce, ves al otro cuando no trabaja mientras trabaja, al que te abre lo que solo tú conoces. Lo artificial es lo único auténtico y allí solo se permite el juego de ser como cada uno quiera ser.

jueves, 22 de abril de 2010

Yocasta


A todas las yocastas que, como a mí, les enseñaron el amor familiar malsano

Edipó mató al rey cuando se le puso en su camino. Libró a la comunidad de la Esfinge. Recibió la mano de Yocasta. Tuvo hijos con ella. Reinó como un gobernante justo y un amante esposo. Inició la investigación de su pasado y conoció su crimen ajeno. Se quitó la vista y se convirtió en farmakós de los que nunca quiseron saber. Su salida fue el exilio acompañado de su culpa interior y exterior.
Yocasta se suicidó porque se hizo visible su amor, porque la coartada de la familia era ya solo la burla del destino, porque la sustitución del amor conyugal por el amor maternal no era perfectamente oculta, porque ya todos sabían sin ambages lo que todas las yocastas ocultan a sus hijos.
No siento ya culpa por no haber querido ser Edipo y la Fortuna conquistada me otorgó no ser un Layo ausente. La libertad me construye máscaras que me hacen más persona. No quiero chantajes emocionales ni busco rescribir mi pasado. Los vínculos se rompieron hace tiempo porque casi todos necesitan manejar al niño del que se enamoraron.
Descubrir la verdad es siempre doloroso aunque necesario. Repetir lo que ya no se ama, innecesario. No he instalado la dureza en mi corazón. Sé lo que fui pero también lo que otros fueron. No quiero explicaciones, no las necesito, solo la igualdad que caldea mi mente tranquila. Siento que las palabras en libertad causen dolor en quien quiere vivir en la dictadura de lo propio, porque sé que un día fui lo que otro nunca fue.
A mí, como a todos los Edipos que nos construyeron, solo me queda la huida interior para no convertirme en farmakós de su desatino.

jueves, 8 de abril de 2010

Christus patiens


Baco fue negado como dios, encarcelado, humillado y salió victorioso rompiendo sus cadenas y quemando la cárcel. Cristo se convirtió en un dios del sufrimiento y Dionisos en el del placer: teatro, vino, sexo, entusiamo, bacanal.
... Y los cristianos exaltaron la cruz, las llagas y el dolor como vía de salvación.

domingo, 21 de febrero de 2010

Filología

Los filólogos no deberían ser otra cosa que eruditos emocionales.

martes, 16 de febrero de 2010

Algunos deberían

Educar (ex-duc-) es llevar, guiar de un sitio hacia algún lado, no escribir leyes ni redactar normativas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Suum cuique

Los ánimos, las esperanzas diversas, las luchas de poder sentimental hacen de la aspiración por la libertad casi un juego de palabras. Cada uno espera lo que espera y pide lo que pide y el juego del yo y el tú se sitúa demasiadas veces bajo las botas de una exigencia macabra y desigual. El yo se hace redondo, inmenso, casi totalizador y sitúa al tú como responsable único de sus desgracias.
Uno busca, desea, actúa. Uno enseña y otro aprende. Oigo voces que nadan en la autocomplacencia. Tanto el ignorante como el sabio describen su desgracia como producto del otro. Pocos parecen asumir la náusea o el placer de la libertad. Todos encuentran su solaz en la podredumbre ajena, en la irresponsabilidad distinguida. Veo a profesores nefandos arrastrar sus miserias, ignorancias, su falta de valía por las cabezas de alguien que existe a su pesar. Observo a alumnos que deciden sumergirse en la estupidez social, en la renuncia a ser, en el baile de vencedores y vencidos.
Me gustaría describir a unos como sabios consecuentes, transmisores entusiastas de la autoconciencia y a otros como cachorros deseosos de recibir armas de libertad eternas. Pero demasiadas veces retumban los caras oscas de cien ojos en el exterior y bálsamos putrefactos en el interior.

domingo, 28 de junio de 2009

El Quijote como experiencia personal

La primera vez que leí El Quijote de adolescente, el profesor intentaba explicarnos por qué era una obra clásica y qué quería decir esto. Y nos exponía, las buenas lecciones se aprenden siempre tarde, que permanecen alterables e inalterables en el tiempo y en el espacio. La experiencia de un lector de 16 años y de uno de 40 es diferente como lo es su bagaje vital y a cada uno le ofrece sensaciones y sentimientos distintos. El español del siglo XVII y el del XXI no son iguales pero siguen percibiendo y disfrutando de ese conjunto de vivencias del libro. Si siguen vivos Cervantes, Safo, Kavafis, Catulo, Homero, lo es en igual medida por su calidad literaria y porque consiguen llegar al interior de nuestra esencia, porque hablan de lo humano, y da igual el lugar o la época.
En esa primera lectura, intentaba alcanzar la verdad de lo que quería decir Cervantes, de cómo interpretar, sin maltratar su espíritu, su obra. Buscaba las grandes palabras: con Don Quijote se iniciaba y llegaba a la cima la novela moderna, exploración de nuevas técnicas literarias, monólogo interior, referencias al psicoanálisis, literatura dentro de literatura, la figura del narrador... Pero todo aquello era adorno científico cuya exactitud y dimensión adquirí después (el conocimiento desnudo, no sé si mejor, se gana con el tiempo, cuando se va perdiendo la pasión).
Después de varios años más y de alguna lectura posterior, cuando te sitúas en el lado del que tiene que explicar la grandeza de las obras literarias, entiendes el significado de la palabra clásico y, más aún, que realmente la literatura, si merece llamarse tal, solo puede ser experimentada y vivida, rara vez explicada. Dicen los italianos traduttori traditori (traductor, traidor). Eso es lo que se siente muchas veces cuando se explica literatura: un defraudador de impuestos que quita al general una parte que es de todos. Es difícil hacer sentir a nadie por vía vicaria. Es difícil hacer ver aquello que uno aprende en los libros porque también forma parte de la vida propia y eso es casi exhibicionismo, aunque quizá la literatura, como todo arte, sea el ejercicio más bello de narcisismo impúdico camuflado bajo las alas de la estética.
Como lector primerizo me admiraba la constancia de don Quijote en su ideal a pesar de los contratiempos. También el proceso de asunción de la realidad de don Quijote gracias a Sancho y de idealización de este último: las mezclas ayudan a vivir mejor, la contaminación es buena, siempre que sea de afectos.
Ahora, unos años después, la visión cambia: no importan el héroe, los grandes ideales, sino la libertad que destila, el ansia de independencia personal frente a una sociedad que no es la suya, con sus excesos y errores, la sublimación de la locura en su propia identidad. Ese es quizá el vencedor de sí mismo de la obra de Cervantes. Las grandes palabras no son amor incondicional, espíritu caballeresco, lucha contra el poderoso sino las pequeñas del hombre hastiado y aburrido en su pequeño pueblo asfixiante que decide o no, eso da igual, ponerse una armadura (persona en latín significa máscara) y vivir por unos días como realmente quiere, con una realidad que le es ajena pero que hace propia, con la valentía del que quiere ser diferente y no tiene miedo a ello aunque sea detrás de un yelmo.
Todos nos ponemos una máscara y representamos nuestro papel con mayor o menor fortuna. Nos quedamos atados a lo que se espera de nosotros e intentamos que la soga sea más o menos confortable. La vestimos de ambición, sensatez, confortabilidad e incluso apego a los demás.
Cerramos los ojos demasiadas veces a nuestras querencias, deseos en aras de lo pretendidamente razonable, sensato, conveniente cuando lo que se queda atrás es precisamente una parte de nosotros mismos.
No es necesario atacar molinos de viento o luchar contra odres de vino, pero sí tomar las riendas de nuestra locura para que sea algo más que el cuarto de atrás de nuestras vidas.

miércoles, 13 de mayo de 2009

John, 13 de mayo de 2009 (p)

Escuchaba a mi alumno John, ecuatoriano de 15 años recién llegado a España, no muy listo según dicen y con mucha cara según otros, hablar sobre la Metamorfosis de Kafka, sobre cómo se sentía Gregorio Samsa. Hablaba con su español quedo y muy bajito, vergonzoso a la vez por expresar sentimientos. Lo explicaba con un lenguaje sencillo y certero.
Tras pocos titubeos ha terminado identificándose, vomitando todo lo que le duele quizá por primera vez desde que llegó a España. Solo he podido sentir ternura y solo he podido pensar que aquel alumno presuntamente iletrado, había hecho uno de los comentarios litararios más vitales que se pueden hacer. Me ilusiona su sonrisa cuando entro en clase.
He pensado ya luego que mi odio visceral a la literatura juvenil era incluso suave y que el valor de la educación era eso: poner en contacto al hombre consigo mismo y los demás. Recordaba lo que supuso para mí : conocer cosas con las que disfrutar. Deseaba saber la verdad, la de todas las cosas. Disfrutaba leyendo cuanto más culto mejor. No discernía y sabía valorar poco, pero quería saber dónde estaba la grandeza de aquellos libros.
Pienso en John y en cómo ha hablado de literatura como un verdadero crítico, cómo ha querido seguir el hilo que le ha tendido el libro; cómo ha llegado a lo importante: su desarraigo, su familia, su soledad, sus proyectos, lo que siente.
No creo en los jueces que otorgan notas. Creo en un sistema que ponga en contacto al individuo con la libertad, con el derecho al placer, a la sabiduría, que le aleje de la naturaleza y sus leyes lo más posible.
Ojalá las aulas sirvieran para crear pequeños reductos donde pensar, sentir, oír cosas que te hacen sentir mejor, que te hacen ser mejor; pequeñas burbujas donde solo importe hablar.

jueves, 30 de abril de 2009

¿Colegas?, no. Realidades deshumanizadas (p)

Han sido días de claustro, reuniones con compañeros, conversaciones de café sobre las clases y cigarrillos rápidos en los recreos escolares. Cada vez me siento más distante de ellos, los profesores, y cada vez disfruto más de enseñar. Lo misterioso es que esto último casi lo tengo que ocultar. Rara vez veo una sonrisa cuando digo que mi trabajo me llena, me fascina, me emociona. Suelo sentir el recelo, casi la sospecha y muchas veces el extraño masoquismo del que espera que las cosas vayan tan mal como le cuentan.
Hoy han tocado lloros de felicidad en el bus laboral. Una hora para dormir, pero los humos de ayer han dejado mi cabeza y mi piel en ebullición. Pensaba en cómo mis compañeros me miraron con cara de loco cuando me alegré de ser tutor de un grupo de cachorros de catorce años, cuando conté que hacía tiempo que me apetecía mucho tener una tutoría. Cada vez me miran menos, cada vez menos cuento mis alegrías del trabajo.
Recuerdo mi primera reunión con los profesores del grupo al poco de empezar las clases. Dirigía la sesión y eso me hacía feliz. Llevaba mis notas, mis ideas, las cien recomendaciones para intentar salvar a unos cachorros a priori complicados y con el estigma y la realidad de su "maldad". Me encontré con un coro de plañideras que en el fondo solo intentaba justificar sus miserias. Me sentí culpable por hablar bien de mis alumnos, por parecer prepotente cuando lo único que quería decir era que esos chicos, casi diablos o desechos para ellos, eran amables y cariñosos conmigo. Y que si conmigo lo eran podían serlo con cualquiera.
Los mezquinos fueron ellos. Vuelvo a recordar los regalos que me hicieron casi cada día. Aprendimos sobre todo a querernos y a decirlo casi sin pudor. Construimos una burbuja de bienestar. Me enseñaron con sus dramas reales que el único camino posible es la comprensión, que lo único verdaderamente humano y diferencial con los animales es que el se equivoca, incluso el que daña, puede volver a empezar sin ser devorado por el león. Creo que fue su gran lección.
Me hacían sentirme importante, querido, deseado. Abrieron sus corazones, quizá como nunca o como siempre hacen. Recuerdo a Rubén, mi niño guapo, que quería ser deseado sexualmente y al que todos veíamos como a un bebé. Quería tener una familia como todo el mundo, pobre. ¡Qué tópico, tierno y cruel! Vivía con una monja desde que lo abandonaron sus padres. Tuvo suerte de ser querido siempre. Ya no quería ver a su padre. Y con su madre, a la que no veía hacía mucho tiempo, a veces se deseperaba. Me planteé adoptarlo.
Manuel, cuyo padre maltrató físicamente a su madre y que me confesó que tenía miedo de ser como su padre. Me pidió ir al psicólogo. Tuvo éxito mi campaña pro-psicólogo, cuando tengo cierto recelo hacia ellos. Protestaba si sonaba el timbre de fin de clase y estaba hablando con él de la importancia de decir te quiero, o si directamente le estaba echando casi un sermón moral.
Natalia, sexo salvaje contenido, que quería poemas de amor sencillos, donde se dijera lo que se siente de forma normal. No estudiaba nada y entendía muy poco, pero siempre quería oír poemas de amor. No entendía por qué las cosas no eran sencillas, por qué su ex y ella no estaban juntos, por qué el amor es siempre algo más que amor. No quería contradicciones. Creo que me trataba como a un hermano mayor que da prestigio.
Cristina, con trastornos emocionales importantes y que me aprisionaba con sus tetas. Me repetía que le hacía mucha ilusión abrazar con emoción a un profesor. Parece que las drogas de sus padres no afectaron al feto. Estaba adoptada y había descubierto el sexo y el placer perverso de decir que no quería a su madre adoptiva. Fumaba porros a veces y tenía una risa maravillosa. A veces la provocaba un poco para que riera. También pidió psicólogo.
Mis negras, contundentes, maravillosas, tímidas, con unos pechos pidiendo sexo. Soportaban insultos racistas y xenófobos, peleas por existir. Se defendieron como Amazonas. Después de ellas empecé a creer un poco en la violencia. Habían tenido que cambiar ya de centro por esos ataques. Habían adoptado a una chica de su edad a la que habían encontrado en la calle. Tenían el lastre de una educación machista. Una de ellas, nuestro travelo contudente, no quería creer que yo fuera gay. Ella no me aplastaba las tetas como Cristina, las exhibía.
Casi todos tenían su pequeño o gran drama y, sobre todo se estaban construyendo. Javi, al que no le gustaba que le dijeran maricón. Era gay, claro que lo sabía, y con un futuro incierto. Lorena, que no se soportaba ni a sí misma. Alejandro, un potencial gay, que estaba a punto de ser devorado por su estúpida madre y por sí mismo.
Anaís, de padre maltratador y madre desbordada por la vida. No soportaba a la nueva esposa de su padre. A ella le dije que la familia no era tan importante, ni a veces buena. Quería locamente a un macarrilla que pasaba de ella. Hacía un poco el ridículo. Espero que no acabe casada y con hijos.
Cuando acabó ese curso glorioso, solo me sentí defraudado por una cosa, porque no había conseguido que fueran unos alumnos tan maravillosos con los demás como conmigo.
No se equivocaron. Hicieron bien. Fue su último regalo. A mí me quisieron y a ellos no.

viernes, 27 de marzo de 2009

La distancia afectuosa

"Nosotros, los de entonces..."

Oigo conversaciones de estudiantes y ya definitivamente me suenan manidas, gastadas, sin interés. Sin embargo siguen produciéndome ternura. Estos cachorros en construcción son algo más que un juego de brazos y piernas incomprensible, incoherente y contradictorio. Son seres agradecidos que te buscan aunque no te entiendan. Sospechan que tienes razón aunque su fuerza les lleve por otro camino.
Cada día soporto menos a los profesores, esos seres grises que se convierten en dioses de la miseria. No entiendo que no se conmuevan ante el desvalido. No entiendo que no muestren sus debilidades, que no miren de frente al que es poco menos que ellos.
Nunca se juega la autoridad en la relación profesor-alumno. Ellos saben que la tienes. Solo tienen que notar que el jefe de la manada se preocupa por ellos. Casi ni hace falta quererlos, solo apreciarlos.
Como todos cuando nos sentimos débiles, solo quieren que no los dañen. Deseo su amor, su adoración, pero solo se dañan a sí mismos cuando me dañan a mí, cuando rompen el sagrado pacto de entender que la vida solo es un gran sistema de posibilidades.
La distancia afectuosa es el triunfo.

lunes, 23 de febrero de 2009

Nación y mentira

Una señora, tras sufrir un atentado en su bar vasco, señalaba indignada que ella era euskaldún, hablante vasca, como si el terrorista se hubiera equivocado, como si el hecho de ser vascohablante añadiera más tragedia a la bomba inmoral. El nacionalismo siempre suele ser miope, infantil, seguidor de la naturaleza en su visión más desgarradora y triturador del individuo. La sagrada nación se impone a sus miembros equivocados igual que el feligrés solo está para rezar.
Mis padres planificaron tres posibles patrias para mi nacimiento: Vascongadas (las de entonces), Venezuela y Aragón. Ninguna era su Burgos natal. Nunca he sentido esa constante histórica con la que todos debemos de nacer cual cordón umbilical. Podría haber hablado vasco, vivido en Maracaibo, pero me tocó solidarizarme con la jota y los sitios.
Nacemos, vivimos y morimos y hay poco más. Siempre tiemblo ante aquellos que tienen certezas que obligan a vivir o morir según su criterio y que te hacen sentir un paria cuando tú no las tienes. Sobre todo, las certezas del altísimo, sea un dios o una nación. No puedes discutir con Dios porque nunca contesta ni con la patria porque no se la conoce. Surgen siempre los intérpretes, los vates y gurús que hablan en nombre de otro, insondable e inexcrutable. Solo soy su excusa de poder, de poder sobre mí y los demás.
La gran aventura de la humanidad es el camino de un individuo que nace cuando otros lo quieren y muere no se sabe cómo. Que ese tránsito no esté plagado de decisiones propias y de placeres sin límite es el error más descomunal del animal que se dio cuenta que podía ser otra cosa.

jueves, 5 de febrero de 2009

Aquiles-Adriano-Alejandro (mp)

Nunca me interesaron las hazañas y menos las bélicas. No las entiendo, ni la belleza que hay en la muerte ajena. Nunca lograba entender por qué yo debía morir por mi patria, por un imperio; menos todavía por qué lo tenían que hacer otros. Sentía la grandeza de un país labrado a golpe de gestas, pero todo se desvanecía cuando yo era el que empuñaba el arma y cuando era el otro el que moría. Sin embargo, me subyugaron Aquiles, Alejandro y Adriano.
Todo fue por amor, por sus grandes amores. La filología explica la Ilíada como el gran cantar de la destrucción de Troya o como la glorificación del heóre, una aquileida. Para mí fue el descubrimiento del amor más allá de la muerte en una época donde solo se podía destruir. La literatura es solo y únicamente de uno. No cabe la arqueología infame teñida de verdad.
Siempre fui Patroclo, Antínoo, Hefestión. Siempre en busca de un héroe por el que mereciera la pena vivir y morir. Fui Patroclo cuando cogió las armas de Aquiles y caminó hacia la muerte por creerse tan héroe como su amor. Cómo no hacerlo, cómo no sentirse la propia figura amada por un instante y saber qué es querer siendo el otro, aquel del que no te sientes digno. Y morir, morir siendo él porque solo lo amas. La filología, la religión hablarán de hybris, pero yo solo vi amor. Fui también Patroclo cuando Aquiles renunció a su inmortalidad (a la mía) por amor, cuando mató al odioso Héctor y así se condenó, cuando gritó como una leona al enterarse de la muerte de su amor. No lloré pero fui ellos en su tienda. Imaginaba los cuerpos duros y sudorosos abrazados y gozando del sexo. Hubiera ido a la guerra, pero solo con Aquiles.
Fui Antínoo cuando Adriano escribía "Amor, el más sabio de los dioses" y se desesperaba porque su amado no se había dado cuenta de que el mayor de los males era el de perderlo. Sentirse querido hasta la locura, perder la razón y deificarlo, fundar ciudades en su honor, esculpirle infinitas esculturas. Ser lo único. Me hubiera suicidado, pero solo por Adriano.
Siempre guardé rencor a Alejandro. Murió antes que su amado, lo abandonó. Me cuesta hablar de él. La escritura se vuelve difícil. No le dejó imperios, solo fue su amor, su corriente vital que fluye en segundo plano. Fui Hefestión cuando él era adolescente, cuando ante sus ojos se abría casi un dios que lo quería. Fui también Hefestión cuando Alejandro bailó desnudo ante la tumba de Aquiles. Hice el amor cuando ellos lo hicieron. Pero fui Hefestión cuando apareció Bagodas y entonces descubrí el dolor verdadero. La infancia se destruyó, la literaria, la vital.
Siempre perseguí al héroe. Ahora, cuando la juventud ya se ha escapado, persigo lo mismo. Da igual, me rindo ante el veinteañero al que doblo la edad como Patroclo se rendía ante Aquiles. No puedo dejar de sentir el desvalimiento del adolescente. Siempre el amor, el uno.
Y ahora solo Kuro me reclama. Solo para él soy su dios al que acude gritando después de una pelea callejera. Solo él quiere conquistar territorios conmigo en el portal de casa. Solo él se apodera de mi brazo como un fetiche mágico.
Animula, vagula, blandula... y yo con ellos.

martes, 30 de diciembre de 2008

¿Un holocausto justifica todo?


No sé si sería ateo en Gaza, si sería homosexual, si sería apátrida, si despreciaría las naciones y creería en un estado de ciudadanos sin bandera. No sé si habría cumplido 41 y habría amado con locura. No sé si Safo y Catulo me habrían acompañado. No sé si podría mirar con ojos iracundos al que desprecia al diferente. No sé si podría haber sufrido por nada, por ser día a día un pobre enfermo social.
No sé, pero aquí puedo decirlo. Estoy cansado de que una bandera,un pañuelo, una estrella, una religión me conviertan en un mal menor teñido de muerte. Me hastía que decidan sobre mi vida sentados en su damero de dinero y honores, pero me repugna más que decidan cuándo debo morir, casi mi único acto de libertad inacabada.
Y luego hablarán de razones históricas, políticas, emitirán comunicados donde todos podamos situarnos cómodamente a un lado y a otro.
Miro fotos de mi infancia y no veo dónde tengo mi número, mi estrella. ¿Dónde la tienen ellos?

sábado, 9 de agosto de 2008

Carpe diem

Un sabio profesor dijo que Horacio era para mayores de cuarenta. Tenía yo 35 e intuía lo que quería decir. Nos hablaba de su complejidad bajo el velo clásico de la sencillez. Ahora a los cuarenta empiezo a entender, sobre todo el engaño de la inmediatez si no es administrada por la medida, la clave de todo. Medida hasta en la desmesura, dejarse llevar por todos los infiernos y por todos los extremos placenteros para volver luego al modus.
El ahora encierra un juego mortal. Cuando el futuro no existe (y no hablo del religioso), cada acto del presente se convierte en definitivo, único, agónico en sentido clásico. Te enfrentas cada día a la muerte, a la desaparición aunque sea momentánea. Y cuando pierdes la batalla, cuando pierdes el día, solo queda la mentira, la frustración.
Quizá por eso triunfan todas las religiones que anuncian un más allá. Tranquilizan el presente y convierten los actos únicos en cotidianos (quotidie perimus). La trampa del más allá se desvanece con la muerte y agarramos la ilusión adolescente de la inmortalidad con mente de adulto ("el que ya ha enfermado").
Desconocer que no tenemos nada más allá de nuestro cuerpo es la última broma de nuestro ser cultural. Religiones que atan y engañan, mienten y torturan. El futuro no existe y el presente es demasiado débil. Solo queda la amnesia, la amnistía de quiénes somos y queremos ser.