"Nosotros, los de entonces..."
Oigo conversaciones de estudiantes y ya definitivamente me suenan manidas, gastadas, sin interés. Sin embargo siguen produciéndome ternura. Estos cachorros en construcción son algo más que un juego de brazos y piernas incomprensible, incoherente y contradictorio. Son seres agradecidos que te buscan aunque no te entiendan. Sospechan que tienes razón aunque su fuerza les lleve por otro camino.
Cada día soporto menos a los profesores, esos seres grises que se convierten en dioses de la miseria. No entiendo que no se conmuevan ante el desvalido. No entiendo que no muestren sus debilidades, que no miren de frente al que es poco menos que ellos.
Nunca se juega la autoridad en la relación profesor-alumno. Ellos saben que la tienes. Solo tienen que notar que el jefe de la manada se preocupa por ellos. Casi ni hace falta quererlos, solo apreciarlos.
Como todos cuando nos sentimos débiles, solo quieren que no los dañen. Deseo su amor, su adoración, pero solo se dañan a sí mismos cuando me dañan a mí, cuando rompen el sagrado pacto de entender que la vida solo es un gran sistema de posibilidades.
La distancia afectuosa es el triunfo.
viernes, 27 de marzo de 2009
sábado, 21 de marzo de 2009
Día del padre (p) (In nomine patris)
La pregunta es: ¿estás legitimado a no querer cuando te han hecho daño cierto y te han dado casi nada de lo que tú querías? La respuesta es no si se trata del padre.
Da igual que haya sido ausente en lo emocional y nulo en lo afectivo, aderezado por una negatividad educativa.
¿Estás legitimado a no querer a tu pareja si nunca te ha dicho te quiero, ni siquiera cuando te conquistó? No, si se trata del padre.
A pesar de todo me empieza a conmover la voz del anciano. No por la presencia cercana de la muerte y por tanto de la mía, sino por sentir que la malquerencia va pasando. No quiero pasar al perdón ni a la comprensión y menos al amor filial. Solo puedo conmoverme y es suficiente.
Lo empiezo a sentir como ajeno y propio a la vez. Y quiero no sentir ninguna responsabilidad emocional hacia él. Solo quiero volver a actuar y fingir que hay un buen hijo. Creo que ya no deseo revancha, pero no quiero entender sus razones.
Exijo el derecho a no ser comprensivo, a ser solo un mísero tolerante.
No puedo comprender el asco al diferente, la mirada turbia al amor entre hombres. Y sin embargo me obligaron a sentirlo en carne propia. Nunca odié a los homosexuales, solo me odié a mí mismo. Siempre los defendía, nunca me quería.
No elegí oír insultos de la boca de mi padre dirigidos a los maricones sin saber que yo lo era.
No me obligaron a matar una parte de mi vida, eso lo hice yo. Pero todos los demás me enseñaron cómo podía odiarme. Ellos inventaron las palabras. Yo solo las oía.
No inventé tener que sentirme agradecido porque las personas que me quieren aceptan mi homosexualidad. Es asqueroso que la gente te quiera a pesar de ser gay. Es repugnante que un alumno te diga que el amor entre hombres es anormal y luego te quiera aunque sepa que eres maricón.
A pesar de todo te pones en lugar del otro, puedes escindirte en dos cada día. Puedes perdonar a tu padre si algún día se entera de que a su hijo le dan por el culo y pesar de todo te quiere.
Sigues viviendo en doble fila, expuesto a las multas y a la sanción social. Pero nunca tendrás derecho a aparcar en primera fila. Solo podrás circular libremente, visitar palacios, besar la mano a reinas, pero tu coche siempre estará en doble fila.
Quiero tener derecho moral a no perdonar, a no olvidar.
Soy feliz y no me destruye la ira. No la tengo. Pero quiero tener el legítimo derecho a sentir deseos de venganza, como lo tiene el padre al que le han asesinado un hijo. Mataron una parte de mí y crearon un sistema en el que nunca podré ser una persona completa.
Reivindico el derecho moral a no querer a mi padre porque nunca me dijo te quiero.
Da igual que haya sido ausente en lo emocional y nulo en lo afectivo, aderezado por una negatividad educativa.
¿Estás legitimado a no querer a tu pareja si nunca te ha dicho te quiero, ni siquiera cuando te conquistó? No, si se trata del padre.
A pesar de todo me empieza a conmover la voz del anciano. No por la presencia cercana de la muerte y por tanto de la mía, sino por sentir que la malquerencia va pasando. No quiero pasar al perdón ni a la comprensión y menos al amor filial. Solo puedo conmoverme y es suficiente.
Lo empiezo a sentir como ajeno y propio a la vez. Y quiero no sentir ninguna responsabilidad emocional hacia él. Solo quiero volver a actuar y fingir que hay un buen hijo. Creo que ya no deseo revancha, pero no quiero entender sus razones.
Exijo el derecho a no ser comprensivo, a ser solo un mísero tolerante.
No puedo comprender el asco al diferente, la mirada turbia al amor entre hombres. Y sin embargo me obligaron a sentirlo en carne propia. Nunca odié a los homosexuales, solo me odié a mí mismo. Siempre los defendía, nunca me quería.
No elegí oír insultos de la boca de mi padre dirigidos a los maricones sin saber que yo lo era.
No me obligaron a matar una parte de mi vida, eso lo hice yo. Pero todos los demás me enseñaron cómo podía odiarme. Ellos inventaron las palabras. Yo solo las oía.
No inventé tener que sentirme agradecido porque las personas que me quieren aceptan mi homosexualidad. Es asqueroso que la gente te quiera a pesar de ser gay. Es repugnante que un alumno te diga que el amor entre hombres es anormal y luego te quiera aunque sepa que eres maricón.
A pesar de todo te pones en lugar del otro, puedes escindirte en dos cada día. Puedes perdonar a tu padre si algún día se entera de que a su hijo le dan por el culo y pesar de todo te quiere.
Sigues viviendo en doble fila, expuesto a las multas y a la sanción social. Pero nunca tendrás derecho a aparcar en primera fila. Solo podrás circular libremente, visitar palacios, besar la mano a reinas, pero tu coche siempre estará en doble fila.
Quiero tener derecho moral a no perdonar, a no olvidar.
Soy feliz y no me destruye la ira. No la tengo. Pero quiero tener el legítimo derecho a sentir deseos de venganza, como lo tiene el padre al que le han asesinado un hijo. Mataron una parte de mí y crearon un sistema en el que nunca podré ser una persona completa.
Reivindico el derecho moral a no querer a mi padre porque nunca me dijo te quiero.
lunes, 9 de marzo de 2009
Your song (p/np)
El presente a veces renueva el pasado y por fin lo llena de sentido y pasión. Me vienen a la cabeza diversas canciones, todas ellas con tufo ñoño, pero que explican el amor y el desamor en esta educación sentimiental que me tocó vivir.
Lo conocí en un chat hace seis o siete años. El tiempo da igual. Nunca fui bueno para los datos concretos, para los recuerdos detallados, sí para las emociones y sentimientos desbordados. Me enamoré como siempre lo hago, sin medida, control o barrera. Esta vez fui correspondido, aunque no como yo quería. No era un problema del otro, sino mío: buscar más allá de lo que pueden darme. Sin embargo, fue mi historia de amor más bonita del mundo, un amor que todavía perdura en soledad.
Solo me siento en plenitud en los aledaños del amor, rodeado de goces y miserias. Aprendí a quererme, a desearme y a tener a mi dios abrazado en el sofá bajo la manta de la felicidad plena. Con él nació mi adicción a la sonrisa y al abrazo. Consiguió que volviera a sentirme inmortal y que el sida fuera una broma macabra de la que solo hablaba mi médico.
Viví todos los tópicos del amor y vomité todas las penas negras de las que un adolescente en cuerpo de treintañero es capaz. Cometí el error de pensar que 16 años de diferencia y sus veinte recién estrenados no eran nada. Viví su amor pensando que iba a ser infinito cada día.
Pero el amor se acabó, se le acabó. Sufrí como no lo había hecho nunca, ni siquiera cuando me dijeron aquello de "primero te bajan las defensas, luego las enfermedades oportunistas y luego, ya sabes...". Fue igual de intenso en ambos casos: la sensación de inmortalidad explotaba. Con el sida se me moría el cuerpo de verdad; sin Javi tener vida me daba igual. Pero la pérdida amorosa fue más larga en el tiempo, dos años quizá para tener controladas las emociones, no para hacerlas desaparecer.
Y el regalo llegó un sábado por la noche de hace nada, de nuevo en el chat aunque ya solo como los ex que buscan sexo por distinto lado. Él acababa de sufrir una ruptura amorosa . No puedo evitar que me duela cuando a él le duele, que sufra cuando lo abandonan aunque yo siga enamorado. Es como si el corazón se escindiera entre mi yo enamorado y mi yo amical. Reconocí en sus palabras la locura del desamor, los lloros que no se pueden controlar, los reproches ridículos, el análisis desaforado de lo que hizo, sintió, pensó; la lógica que se retuerce hasta convertirse en la máscara del horror inalcanzable.
Y en esa locura surgieron palabras dulces hacia mí, las palabras por las que hubiera matado en nuestros tres años de relación: tú eres el que más me ha querido en la vida, qué mierda que el amor se acabe. Es verdad que no dijo eres al que más he querido en mi vida, pero su descripción del dolor cuando me abandonó lo sugería.
Para alguien que valora la pasión en función de lo que da es la mayor declaración de amor posible. Le di las gracias por lo que me había dicho y creo que sintió que tenía una deuda conmigo, una deuda de silencio en aquel pasado cuando yo le pedía palabras. No entendía, no podía, no sabía o, lo más crudo, no sentía.
El regalo llegó y acabó esa historia tortuosa de inseguridades, las mías. Lloré y seguí con el porro liberador, disfrutando de cada lágrima y de cada calada, desnudo y lleno de amor como hacía tiempo. Ya no quería sexo. Los habitantes del chat eran nuevamente una masa informe sin sentido.
Post data emocional: han pasado quince días y sus promesas no se han cumplido. Los regalos no deben extenderse.
Lo conocí en un chat hace seis o siete años. El tiempo da igual. Nunca fui bueno para los datos concretos, para los recuerdos detallados, sí para las emociones y sentimientos desbordados. Me enamoré como siempre lo hago, sin medida, control o barrera. Esta vez fui correspondido, aunque no como yo quería. No era un problema del otro, sino mío: buscar más allá de lo que pueden darme. Sin embargo, fue mi historia de amor más bonita del mundo, un amor que todavía perdura en soledad.
Solo me siento en plenitud en los aledaños del amor, rodeado de goces y miserias. Aprendí a quererme, a desearme y a tener a mi dios abrazado en el sofá bajo la manta de la felicidad plena. Con él nació mi adicción a la sonrisa y al abrazo. Consiguió que volviera a sentirme inmortal y que el sida fuera una broma macabra de la que solo hablaba mi médico.
Viví todos los tópicos del amor y vomité todas las penas negras de las que un adolescente en cuerpo de treintañero es capaz. Cometí el error de pensar que 16 años de diferencia y sus veinte recién estrenados no eran nada. Viví su amor pensando que iba a ser infinito cada día.
Pero el amor se acabó, se le acabó. Sufrí como no lo había hecho nunca, ni siquiera cuando me dijeron aquello de "primero te bajan las defensas, luego las enfermedades oportunistas y luego, ya sabes...". Fue igual de intenso en ambos casos: la sensación de inmortalidad explotaba. Con el sida se me moría el cuerpo de verdad; sin Javi tener vida me daba igual. Pero la pérdida amorosa fue más larga en el tiempo, dos años quizá para tener controladas las emociones, no para hacerlas desaparecer.
Y el regalo llegó un sábado por la noche de hace nada, de nuevo en el chat aunque ya solo como los ex que buscan sexo por distinto lado. Él acababa de sufrir una ruptura amorosa . No puedo evitar que me duela cuando a él le duele, que sufra cuando lo abandonan aunque yo siga enamorado. Es como si el corazón se escindiera entre mi yo enamorado y mi yo amical. Reconocí en sus palabras la locura del desamor, los lloros que no se pueden controlar, los reproches ridículos, el análisis desaforado de lo que hizo, sintió, pensó; la lógica que se retuerce hasta convertirse en la máscara del horror inalcanzable.
Y en esa locura surgieron palabras dulces hacia mí, las palabras por las que hubiera matado en nuestros tres años de relación: tú eres el que más me ha querido en la vida, qué mierda que el amor se acabe. Es verdad que no dijo eres al que más he querido en mi vida, pero su descripción del dolor cuando me abandonó lo sugería.
Para alguien que valora la pasión en función de lo que da es la mayor declaración de amor posible. Le di las gracias por lo que me había dicho y creo que sintió que tenía una deuda conmigo, una deuda de silencio en aquel pasado cuando yo le pedía palabras. No entendía, no podía, no sabía o, lo más crudo, no sentía.
El regalo llegó y acabó esa historia tortuosa de inseguridades, las mías. Lloré y seguí con el porro liberador, disfrutando de cada lágrima y de cada calada, desnudo y lleno de amor como hacía tiempo. Ya no quería sexo. Los habitantes del chat eran nuevamente una masa informe sin sentido.
Post data emocional: han pasado quince días y sus promesas no se han cumplido. Los regalos no deben extenderse.
lunes, 23 de febrero de 2009
Nación y mentira
Una señora, tras sufrir un atentado en su bar vasco, señalaba indignada que ella era euskaldún, hablante vasca, como si el terrorista se hubiera equivocado, como si el hecho de ser vascohablante añadiera más tragedia a la bomba inmoral. El nacionalismo siempre suele ser miope, infantil, seguidor de la naturaleza en su visión más desgarradora y triturador del individuo. La sagrada nación se impone a sus miembros equivocados igual que el feligrés solo está para rezar.
Mis padres planificaron tres posibles patrias para mi nacimiento: Vascongadas (las de entonces), Venezuela y Aragón. Ninguna era su Burgos natal. Nunca he sentido esa constante histórica con la que todos debemos de nacer cual cordón umbilical. Podría haber hablado vasco, vivido en Maracaibo, pero me tocó solidarizarme con la jota y los sitios.
Nacemos, vivimos y morimos y hay poco más. Siempre tiemblo ante aquellos que tienen certezas que obligan a vivir o morir según su criterio y que te hacen sentir un paria cuando tú no las tienes. Sobre todo, las certezas del altísimo, sea un dios o una nación. No puedes discutir con Dios porque nunca contesta ni con la patria porque no se la conoce. Surgen siempre los intérpretes, los vates y gurús que hablan en nombre de otro, insondable e inexcrutable. Solo soy su excusa de poder, de poder sobre mí y los demás.
La gran aventura de la humanidad es el camino de un individuo que nace cuando otros lo quieren y muere no se sabe cómo. Que ese tránsito no esté plagado de decisiones propias y de placeres sin límite es el error más descomunal del animal que se dio cuenta que podía ser otra cosa.
Mis padres planificaron tres posibles patrias para mi nacimiento: Vascongadas (las de entonces), Venezuela y Aragón. Ninguna era su Burgos natal. Nunca he sentido esa constante histórica con la que todos debemos de nacer cual cordón umbilical. Podría haber hablado vasco, vivido en Maracaibo, pero me tocó solidarizarme con la jota y los sitios.
Nacemos, vivimos y morimos y hay poco más. Siempre tiemblo ante aquellos que tienen certezas que obligan a vivir o morir según su criterio y que te hacen sentir un paria cuando tú no las tienes. Sobre todo, las certezas del altísimo, sea un dios o una nación. No puedes discutir con Dios porque nunca contesta ni con la patria porque no se la conoce. Surgen siempre los intérpretes, los vates y gurús que hablan en nombre de otro, insondable e inexcrutable. Solo soy su excusa de poder, de poder sobre mí y los demás.
La gran aventura de la humanidad es el camino de un individuo que nace cuando otros lo quieren y muere no se sabe cómo. Que ese tránsito no esté plagado de decisiones propias y de placeres sin límite es el error más descomunal del animal que se dio cuenta que podía ser otra cosa.
viernes, 20 de febrero de 2009
Noche llena con él
He vomitado de tequilas y amor. Solo quedan unas zapatillas manchadas y un cigarrillo que se consume como siempre, un ronroneo y una cara que me es siempre fiel. Pero solo quiero a uno. He vuelto a escribir un mensaje pero de fecilidad, la felicidad que provoca estar solo. Nadie cantaba las canciones conmigo, nadie me miraba con ojos solitarios, nadie sentía que yo era imprescindible. Por eso escribo ahora solo. Por eso necesito contarle a nadie que mis tripas solo recuerdan al que me amó. Podré volver a ser el de ayer, reír y hacer que los demás sientan algo, pero el vacío y la felicidad se hacen compañeras. Podría escribir mañana y todo parecería igual. Siento y solo siento y no hay nada más. Alguien me mira que no entiende. Yo tampoco y sin embargo todo es mágico, el alcohol lo puede todo. Volveré, no sé cuándo ni cómo, solo quizá alimentado por susurros de comida ajena, pero te quiero y todo lo demás es vaciedad.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Lloro una vez al mes...
No sé cuándo ni cómo se produce el click, ni cómo se acaba el deseo, el amor. No sé por qué esta tarde tenía ganas de llorar con una noticia sobre el sida cuando hace tiempo que no lo hacía. Solo sé que, como decía la canción, lloro una vez al mes, sobre todo cuando hay frío.
Ya no vibro con las canciones de amor, me son ajenas. Mi vida es casi una partida jugada por otro: estabilidad, tranquilidad, aparente felicidad, ningún sobresalto, rutina deseada rota con pequeños esfuerzos. Y a esa mujer que me miraba con ojos de ternura en el café le hubiera dado un beso solo por entender. Quizá su mirada era solo casual, pero me ha parecido que entendía lo que yo no alcanzo.
No sé ya casi por qué empecé este blog ni quiero mirarlo. Solo quiero escribir, aunque sea de por qué lloro una vez al mes. Suelo sonreír, hacer la vida agradable al otro. Me suelen utilizar, pero o no me doy cuenta o casi no me hacen daño. No entiendo la maldad sin excusa y la con excusa no me atrapa nunca.
Esto se va, me gusta, empieza a hacer efecto el bendito. La semana pasada follé varias veces con resultados mediocres. Mis compañeros de cama que eran mi lujuria pasaban a ser sosos acompañantes o egoístas sin pudor. Pero no estoy triste por ellos
No entiendo la vida sin actuación. Persona (máscara en latín) es la etimología que acude a mi mente sobreestimulada. Para qué decir la verdad sin necesidad. Para qué dañar al otro si a nadie beneficia. Por qué proponer un trío cuando se la estás comiendo y no está dura de placer y ni siquiera te folla por compasión.
Quizá sí estoy triste por ellos. Me cuesta muchísimo cambiar de actividad, incluso dejar a amantes que solo cumplen la función de mantenimiento sexual. Esa gran verdad la descubrí con y por Javi. Me acuerdo mucho de él y hasta eso sin dolor, sin que me conmueva aunque sepa que sigo enamorado.
Miento, falla la memoria. Somos solo pequeños momentos que tenemos que tejer y que no siempre hacemos con éxito. La sintaxis asalta, déjala en paz. Me conmoví y lloré con una canción. Siempre parece que las emociones actuales están desgastadas con respecto a las pasadas.
Kuro llama a su cena, que es la mía. No tengo hambre. Se agacha encogido, se va, vuelve, maúlla diverso, intenta boicotear el ordenador y coge su arma secreta: jugar delante de mí. Es la última que tiene antes de abandonar.
Me voy a cenar. Kuro es feliz mientras espera su regalo, quiere su ritual conmigo.
Ya no vibro con las canciones de amor, me son ajenas. Mi vida es casi una partida jugada por otro: estabilidad, tranquilidad, aparente felicidad, ningún sobresalto, rutina deseada rota con pequeños esfuerzos. Y a esa mujer que me miraba con ojos de ternura en el café le hubiera dado un beso solo por entender. Quizá su mirada era solo casual, pero me ha parecido que entendía lo que yo no alcanzo.
No sé ya casi por qué empecé este blog ni quiero mirarlo. Solo quiero escribir, aunque sea de por qué lloro una vez al mes. Suelo sonreír, hacer la vida agradable al otro. Me suelen utilizar, pero o no me doy cuenta o casi no me hacen daño. No entiendo la maldad sin excusa y la con excusa no me atrapa nunca.
Esto se va, me gusta, empieza a hacer efecto el bendito. La semana pasada follé varias veces con resultados mediocres. Mis compañeros de cama que eran mi lujuria pasaban a ser sosos acompañantes o egoístas sin pudor. Pero no estoy triste por ellos
No entiendo la vida sin actuación. Persona (máscara en latín) es la etimología que acude a mi mente sobreestimulada. Para qué decir la verdad sin necesidad. Para qué dañar al otro si a nadie beneficia. Por qué proponer un trío cuando se la estás comiendo y no está dura de placer y ni siquiera te folla por compasión.
Quizá sí estoy triste por ellos. Me cuesta muchísimo cambiar de actividad, incluso dejar a amantes que solo cumplen la función de mantenimiento sexual. Esa gran verdad la descubrí con y por Javi. Me acuerdo mucho de él y hasta eso sin dolor, sin que me conmueva aunque sepa que sigo enamorado.
Miento, falla la memoria. Somos solo pequeños momentos que tenemos que tejer y que no siempre hacemos con éxito. La sintaxis asalta, déjala en paz. Me conmoví y lloré con una canción. Siempre parece que las emociones actuales están desgastadas con respecto a las pasadas.
Kuro llama a su cena, que es la mía. No tengo hambre. Se agacha encogido, se va, vuelve, maúlla diverso, intenta boicotear el ordenador y coge su arma secreta: jugar delante de mí. Es la última que tiene antes de abandonar.
Me voy a cenar. Kuro es feliz mientras espera su regalo, quiere su ritual conmigo.
jueves, 5 de febrero de 2009
Aquiles-Adriano-Alejandro (mp)
Nunca me interesaron las hazañas y menos las bélicas. No las entiendo, ni la belleza que hay en la muerte ajena. Nunca lograba entender por qué yo debía morir por mi patria, por un imperio; menos todavía por qué lo tenían que hacer otros. Sentía la grandeza de un país labrado a golpe de gestas, pero todo se desvanecía cuando yo era el que empuñaba el arma y cuando era el otro el que moría. Sin embargo, me subyugaron Aquiles, Alejandro y Adriano.
Todo fue por amor, por sus grandes amores. La filología explica la Ilíada como el gran cantar de la destrucción de Troya o como la glorificación del heóre, una aquileida. Para mí fue el descubrimiento del amor más allá de la muerte en una época donde solo se podía destruir. La literatura es solo y únicamente de uno. No cabe la arqueología infame teñida de verdad.
Siempre fui Patroclo, Antínoo, Hefestión. Siempre en busca de un héroe por el que mereciera la pena vivir y morir. Fui Patroclo cuando cogió las armas de Aquiles y caminó hacia la muerte por creerse tan héroe como su amor. Cómo no hacerlo, cómo no sentirse la propia figura amada por un instante y saber qué es querer siendo el otro, aquel del que no te sientes digno. Y morir, morir siendo él porque solo lo amas. La filología, la religión hablarán de hybris, pero yo solo vi amor. Fui también Patroclo cuando Aquiles renunció a su inmortalidad (a la mía) por amor, cuando mató al odioso Héctor y así se condenó, cuando gritó como una leona al enterarse de la muerte de su amor. No lloré pero fui ellos en su tienda. Imaginaba los cuerpos duros y sudorosos abrazados y gozando del sexo. Hubiera ido a la guerra, pero solo con Aquiles.
Fui Antínoo cuando Adriano escribía "Amor, el más sabio de los dioses" y se desesperaba porque su amado no se había dado cuenta de que el mayor de los males era el de perderlo. Sentirse querido hasta la locura, perder la razón y deificarlo, fundar ciudades en su honor, esculpirle infinitas esculturas. Ser lo único. Me hubiera suicidado, pero solo por Adriano.
Siempre guardé rencor a Alejandro. Murió antes que su amado, lo abandonó. Me cuesta hablar de él. La escritura se vuelve difícil. No le dejó imperios, solo fue su amor, su corriente vital que fluye en segundo plano. Fui Hefestión cuando él era adolescente, cuando ante sus ojos se abría casi un dios que lo quería. Fui también Hefestión cuando Alejandro bailó desnudo ante la tumba de Aquiles. Hice el amor cuando ellos lo hicieron. Pero fui Hefestión cuando apareció Bagodas y entonces descubrí el dolor verdadero. La infancia se destruyó, la literaria, la vital.
Siempre perseguí al héroe. Ahora, cuando la juventud ya se ha escapado, persigo lo mismo. Da igual, me rindo ante el veinteañero al que doblo la edad como Patroclo se rendía ante Aquiles. No puedo dejar de sentir el desvalimiento del adolescente. Siempre el amor, el uno.
Y ahora solo Kuro me reclama. Solo para él soy su dios al que acude gritando después de una pelea callejera. Solo él quiere conquistar territorios conmigo en el portal de casa. Solo él se apodera de mi brazo como un fetiche mágico.
Animula, vagula, blandula... y yo con ellos.
Todo fue por amor, por sus grandes amores. La filología explica la Ilíada como el gran cantar de la destrucción de Troya o como la glorificación del heóre, una aquileida. Para mí fue el descubrimiento del amor más allá de la muerte en una época donde solo se podía destruir. La literatura es solo y únicamente de uno. No cabe la arqueología infame teñida de verdad.
Siempre fui Patroclo, Antínoo, Hefestión. Siempre en busca de un héroe por el que mereciera la pena vivir y morir. Fui Patroclo cuando cogió las armas de Aquiles y caminó hacia la muerte por creerse tan héroe como su amor. Cómo no hacerlo, cómo no sentirse la propia figura amada por un instante y saber qué es querer siendo el otro, aquel del que no te sientes digno. Y morir, morir siendo él porque solo lo amas. La filología, la religión hablarán de hybris, pero yo solo vi amor. Fui también Patroclo cuando Aquiles renunció a su inmortalidad (a la mía) por amor, cuando mató al odioso Héctor y así se condenó, cuando gritó como una leona al enterarse de la muerte de su amor. No lloré pero fui ellos en su tienda. Imaginaba los cuerpos duros y sudorosos abrazados y gozando del sexo. Hubiera ido a la guerra, pero solo con Aquiles.
Fui Antínoo cuando Adriano escribía "Amor, el más sabio de los dioses" y se desesperaba porque su amado no se había dado cuenta de que el mayor de los males era el de perderlo. Sentirse querido hasta la locura, perder la razón y deificarlo, fundar ciudades en su honor, esculpirle infinitas esculturas. Ser lo único. Me hubiera suicidado, pero solo por Adriano.
Siempre guardé rencor a Alejandro. Murió antes que su amado, lo abandonó. Me cuesta hablar de él. La escritura se vuelve difícil. No le dejó imperios, solo fue su amor, su corriente vital que fluye en segundo plano. Fui Hefestión cuando él era adolescente, cuando ante sus ojos se abría casi un dios que lo quería. Fui también Hefestión cuando Alejandro bailó desnudo ante la tumba de Aquiles. Hice el amor cuando ellos lo hicieron. Pero fui Hefestión cuando apareció Bagodas y entonces descubrí el dolor verdadero. La infancia se destruyó, la literaria, la vital.
Siempre perseguí al héroe. Ahora, cuando la juventud ya se ha escapado, persigo lo mismo. Da igual, me rindo ante el veinteañero al que doblo la edad como Patroclo se rendía ante Aquiles. No puedo dejar de sentir el desvalimiento del adolescente. Siempre el amor, el uno.
Y ahora solo Kuro me reclama. Solo para él soy su dios al que acude gritando después de una pelea callejera. Solo él quiere conquistar territorios conmigo en el portal de casa. Solo él se apodera de mi brazo como un fetiche mágico.
Animula, vagula, blandula... y yo con ellos.
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