Odio la exhibición de la dureza, el desprecio por el que sufre, por el diferente. Odio a los que no se conmueven ante la fragilidad, ante la debilidad aunque sea salvaje. No mitiga el desprecio pensar en sus miedos, sus inseguridades, su falta de pasión en las relaciones humanas, su sentimiento de fracaso.
Me repugnan los analistas de lo ajeno que no saben palpar sus miserias, que no pueden sentir que todos en algún momento hemos vivido el pánico de ser. Les vomitaría cuando no muestran ni una mueca de dolor ante los desvalidos, sean adolescentes, gatos o iguales perdidos. Respetaría su huida, su retirada del mundo, su reconocimiento del fracaso, su incredulidad ante el bien, pero nunca sus llamas cargadas de palabras.
Despierto cada mañana sin energías, a veces con el estómago cerrado y con un nudo que me retiene a la cama. He sufrido por ser el monstruo y mostrar la máxima alegría siempre.
Me enseñaron a odiar, pero nunca quise.
martes, 29 de septiembre de 2009
domingo, 27 de septiembre de 2009
Descubriendo nunca jamás
Nunca me gustó jugar, ni de pequeño. Prefería las conversaciones con adultos, la calma, el erotismo, mirar, tocar, saborear. Accedía a divertirme porque los demás se sentían felices. Cumplía mi papel de persona descerebrada que no entiende. Así podía escuchar los secretos, las críticas, podía aprender, sin saberlo, los valores, el bien y el mal del mundo que me seducía.
Siempre desprecié la fantasía, los relatos que se situaban más allá del cuerpo cercano. Me parecía más deslumbrante e intensa la realidad, el mundo de artificio tejido por seres reales, los cuerpos de hombre que exhibían poder en sus músculos.
Siempre me pareció la infancia un territorio extraño y solo comparto con los niños la palabra. Ellos entienden mi juego, mi audacia, aunque se dejen seducir como los adultos por las atracciones vanas de una feria. Inocencia no es ausencia de dolor sino incapacidad de dañar. Buscar mis territorios es aceptar los de todos, incluidos los de la simplicidad.
Siempre desprecié la fantasía, los relatos que se situaban más allá del cuerpo cercano. Me parecía más deslumbrante e intensa la realidad, el mundo de artificio tejido por seres reales, los cuerpos de hombre que exhibían poder en sus músculos.
Siempre me pareció la infancia un territorio extraño y solo comparto con los niños la palabra. Ellos entienden mi juego, mi audacia, aunque se dejen seducir como los adultos por las atracciones vanas de una feria. Inocencia no es ausencia de dolor sino incapacidad de dañar. Buscar mis territorios es aceptar los de todos, incluidos los de la simplicidad.
Placeres y días
Escuchar a Pombo, enamorarse de Johnny Deep, dormitar, despreciar el fútbol, desear un cuerpo joven, observar a Kuro. ¿Abandonar las drogas?: apostar por el placer.
Batallas de la nada
Con Kuro aprendí "primero calmar, luego curar". Sus batallas, como todas las de los nacionalismos, son estúpidas, instintivas, de iguales pretenciosos. Nadie le va a quitar su territorio porque su territorio no existe. Su cuerpo y su pelo crecen, su aullido se hace profundo, interminable y sus movimientos lentos, elegantes y trágicos a la vez.
Kuro y su oponente, el Negrito Malo, mantienen su ficción de independencia felina. Otean sus territorios de la nada sin poder compartir un rayo de sol. Luego Kuro regresa lloroso, cojea, hace ostensibles sus heridas y cierra cualquier posibilidad de comunicación. Solo desea que su gigante humano lo calme, que vuelva a su papel de madre acogedora, de seguridad impenetrable en su casa fortín.
Las literaturas gatunas varias dicen que su percepción es la de dejarte compartir su casa. Sospecho que Kuro sabe que está en mis posesiones. Es cuidadoso con lo mío, salvo cuando quiere hacerme partícipe de sus juegos. Busca vibraciones de bienestar, de vida sin miedo y el tiempo tozudo lo va instalando en la confianza.
Nunca entendí las luchas humanas por poseer sin compartir, las batallas que destruyen para crear, los aullidos atávicos que solo reclaman sangre. Cuando veo a Kuro lamiendo mi brazo y compartiendo caricias sin más objeto que el placer, maldigo el instinto ciego de la posesión que provoca batallas por la nada.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Sinceridad renovada (p)
Me prometí decir las verdades del corazón, exhibir orgulloso mi alma enhiesta, cantar con susurros o gritos lo que muchas veces callé. Fue y es en vano. No tengo miedo a mostrarme ni a que me hagan daño. Ni siquiera el roce de la piel desnuda con la mirada de cualquier otro me hace dudar. El dolor es otro; el dolor es la constatación de que las palabras no transforman la realidad, de que tu volcán es un montículo placentero para tus miradas.
Creí tener la fuerza de los magos in a travelling show o pensé ser aedo en las cortes lejanas. Pero todo choca contra los muros de la verdad, de la mía, de la de todos. He huído de muchos, he vuelto la cara como tributo a la independencia. Los demás solo pertenecen a la literatura, pero nunca a tu vida, a la que querrías en tu rincón.
Me revuelvo perplejo como un infante que busca compartir sus abrazos y no entiende que tu no es el no universal, que el juego de rechazar también pertenece a los demás. Me cuesta entender que sus palabras, sus afectos, sus manos son solo un gesto que se traduce en amistad, complicidad, recuerdos. Y yo insisto en ser el dueño de las pócimas secretas y recibo flores, amarillas cuando deben ser rojas, naranjas cuando deber ser blancas.
Decidí olvidar los guiones, trepar por las escalas sin maquillaje, pero nada cambia las ausencias, la imposibilidad de que el otro sea tu cuento humano.
Creí tener la fuerza de los magos in a travelling show o pensé ser aedo en las cortes lejanas. Pero todo choca contra los muros de la verdad, de la mía, de la de todos. He huído de muchos, he vuelto la cara como tributo a la independencia. Los demás solo pertenecen a la literatura, pero nunca a tu vida, a la que querrías en tu rincón.
Me revuelvo perplejo como un infante que busca compartir sus abrazos y no entiende que tu no es el no universal, que el juego de rechazar también pertenece a los demás. Me cuesta entender que sus palabras, sus afectos, sus manos son solo un gesto que se traduce en amistad, complicidad, recuerdos. Y yo insisto en ser el dueño de las pócimas secretas y recibo flores, amarillas cuando deben ser rojas, naranjas cuando deber ser blancas.
Decidí olvidar los guiones, trepar por las escalas sin maquillaje, pero nada cambia las ausencias, la imposibilidad de que el otro sea tu cuento humano.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Bagdad café
"I´m calling you. Can't you hear me?"
Todos necesitaríamos de la magia, de alguien o algo que pusiera en orden nuestras vidas. Da igual un sonido, una sonrisa, un pecho o una imagen turbadora. Todos necesitamos en algún momento que nos enseñen a vivir, que nos digan que todo puede pasar, que todo puede volver a recomenzar. Da igual si se llama señor, señorita o un cuadro en la pared.
A veces nos equivocamos con las señales o pensamos que el cruel marasmo de nuestro corazón es una maldición divina. La dureza se instala en nosotros y dejamos de escuchar las canciones que nos hicieron mejores. Creemos que el gesto del otro nunca será para nosotros y que las llamas, sean de la pasión o del olvido, nunca más encontrarán acomodo en nuestro cuarto.
A veces querría desertar, pero el instante se consume y el café resuena como una esperanza.
Todos necesitaríamos de la magia, de alguien o algo que pusiera en orden nuestras vidas. Da igual un sonido, una sonrisa, un pecho o una imagen turbadora. Todos necesitamos en algún momento que nos enseñen a vivir, que nos digan que todo puede pasar, que todo puede volver a recomenzar. Da igual si se llama señor, señorita o un cuadro en la pared.
A veces nos equivocamos con las señales o pensamos que el cruel marasmo de nuestro corazón es una maldición divina. La dureza se instala en nosotros y dejamos de escuchar las canciones que nos hicieron mejores. Creemos que el gesto del otro nunca será para nosotros y que las llamas, sean de la pasión o del olvido, nunca más encontrarán acomodo en nuestro cuarto.
A veces querría desertar, pero el instante se consume y el café resuena como una esperanza.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Dentelladas de opresión
¿Enseñar a socializarse? Enseñar que la soledad radical es lo único que nos hace humanos y libres.
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