miércoles, 1 de diciembre de 2010
viernes, 26 de noviembre de 2010
Portillos antiguos
Recorro parecidas calles, casi un idéntico trayecto aunque el origen y el destino sean diferentes. Entonces tenía trece años, todos los miedos, ansias de saber y vivir y un alarmante problema de relación entre iguales. Era un bicho raro al que nunca maltrataron por ello. Creo que, sin saberlo, cultivaba esa imagen que al menos daba posibilidades de ser en la individualidad. La clase era el sitio donde me sentía fuerte, donde me podía mostrar más real y donde había pocos fracasos. Allí surgió la pasión por enseñar como apéndice de un amor imposible. Allí la afición a la literatura como bien colateral de la pasión. Allí el grupo cristiano, mi afición a cazar conversaciones ajenas, los amores frustrados, cierto terror a los hombres y el arma secreta de la inocencia.
Ahora me sitúo al otro lado. Ya no hay miedos ni pudor, solo derrotas asumidas, pero el deseo es el mismo.
Ahora me sitúo al otro lado. Ya no hay miedos ni pudor, solo derrotas asumidas, pero el deseo es el mismo.
jueves, 25 de noviembre de 2010
Únax (tarde de cine) (p)
Teníamos los dos veinte años. Él llevaba jersey de lana azul y era abertzale. Era delgado, duro en sus escasas carnes y unas manos acogedoras sin complejos. Me contó en el taxi a casa sus manifestaciones contra la policía, los cócteles. Su voz era dulce, masculina, de esas que invitan a escuchar y a hablar cuando una sonrisa acompaña. Era de madrugada y nos habíamos conocido media hora antes muy borrachos.
Llegamos al portal, de allí al garaje y entre cuartos trasteros gocé de su cuerpo, de su sonrisa, de su miembro. Descubrí su torso modelado y su culo enhiesto. Y me enamoré. Compartí por un instante clandestinidad, encierro. Fanteseé con carreras que acaban casi a golpes, con alcohol, con cuartos prestados.
Pero no le pedí el número, ni la dirección. No pude decir quiero verte mañana. Solo subí feliz a mi casa, sin sentirme culpable por amar por primera vez.
Nunca más volví a verlo. Sé que deseé encontrarlo en cualquiera otra noche de borrachera. Y sé que veinte años después todavía recuerdo el azul de su jersey.
Llegamos al portal, de allí al garaje y entre cuartos trasteros gocé de su cuerpo, de su sonrisa, de su miembro. Descubrí su torso modelado y su culo enhiesto. Y me enamoré. Compartí por un instante clandestinidad, encierro. Fanteseé con carreras que acaban casi a golpes, con alcohol, con cuartos prestados.
Pero no le pedí el número, ni la dirección. No pude decir quiero verte mañana. Solo subí feliz a mi casa, sin sentirme culpable por amar por primera vez.
Nunca más volví a verlo. Sé que deseé encontrarlo en cualquiera otra noche de borrachera. Y sé que veinte años después todavía recuerdo el azul de su jersey.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Luz del mundo (p)
"Paul. Nos enteramos de su tránsito como de tapadillo, en coherencia con el carácter vergonzante que esta cultura hedonista en que estamos inmersos atribuye a la muerte" Carta en Semanal XL
La muerte no es vergonzante, es dolorosa, indeseable y, sobre todo, cierta. De la conciencia terrible de la presencia de la muerte en el futuro nace la necesidad del placer en el presente.
Vuelvo la cara e imagino una sociedad sin semana santa, crucifijos en la juras de poder, visitas papales, prohibiciones de placeres varios. Sigo leyendo la carta y vomito por no poder vivir en una cultura hedonista.
La muerte no es vergonzante, es dolorosa, indeseable y, sobre todo, cierta. De la conciencia terrible de la presencia de la muerte en el futuro nace la necesidad del placer en el presente.
Vuelvo la cara e imagino una sociedad sin semana santa, crucifijos en la juras de poder, visitas papales, prohibiciones de placeres varios. Sigo leyendo la carta y vomito por no poder vivir en una cultura hedonista.
Discernimiento mental (p)
"Hemos renunciado a nuestra capacidad de discernimiento moral. Este es el drama de las democracias occidentales". Juan Manuel de Prada
Todos los tendentes al pensamiento único tienen la misma tentación en algún momento: acusar de falta de moral o de discernimiento de cualquier tipo a aquellos que no siguen sus pensamientos.
Tengo muy claros mis valores morales y muy arragaidos. El problema, trágico problema para gentes como de Prada, es que no son los suyos. Veo con inquietud y muchas veces horror el involucionismo de las democracias occidentales, la ola de puritanismo que quiere invadirnos y me preparo para rearmar mis valores: el placer, la igualdad, una democracia que sea de los ciudadanos y no de los mercados, unos servicios verdaderamente públicos, relaciones sexuales en libertad sin tener en cuenta la edad o el aparato genital, la autonomía frente a cualquier religión, la repulsión a la ley del más fuerte...
Me importan poco la virginidad, el matrimonio heterosexual reproductivo, el catolicismo o cualquier otro juego individual, pero nunca los prohibiría. Solo querría que su pie no se colocara como siempre en mi cuello.
Todos los tendentes al pensamiento único tienen la misma tentación en algún momento: acusar de falta de moral o de discernimiento de cualquier tipo a aquellos que no siguen sus pensamientos.
Tengo muy claros mis valores morales y muy arragaidos. El problema, trágico problema para gentes como de Prada, es que no son los suyos. Veo con inquietud y muchas veces horror el involucionismo de las democracias occidentales, la ola de puritanismo que quiere invadirnos y me preparo para rearmar mis valores: el placer, la igualdad, una democracia que sea de los ciudadanos y no de los mercados, unos servicios verdaderamente públicos, relaciones sexuales en libertad sin tener en cuenta la edad o el aparato genital, la autonomía frente a cualquier religión, la repulsión a la ley del más fuerte...
Me importan poco la virginidad, el matrimonio heterosexual reproductivo, el catolicismo o cualquier otro juego individual, pero nunca los prohibiría. Solo querría que su pie no se colocara como siempre en mi cuello.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Ecos de Narciso
Siempre le doy clase al adolescente que fui.
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Cuadernos de pedagogía,
Salmos ateos,
Vida propia
The rules (family matters) (p)
En la infancia sentía el cariño o me acostumbraba a verlo o inventarlo. Pero pronto empezó la consciencia, el descubrimiento de la hipocresía, de la desigualdad en el amar. Sentía como omnipresente la necesidad de la madre, la necesidad de que yo le diera su amor. El padre era solo aquel que estaba, la referencia de algo, la figura que salía siempre en mayúsculas en la voz de cualquier niño, pero nunca sentí sus manos, los achuchones de cariño, los músculos que seguro me hubieran excitado. Pero me decían querido y yo corroboraba.
Luego, enseguida, casi al mismo tiempo llegaron las reglas, con la familia, con los vecinos, con la casa, con el colegio, con la vecindad... las reglas que me hacían estar pendiente de todos menos de mí. Había que ser perfecto, la moral se construía a golpes de apelación a la inteligencia. Las reglas te hacían ser el perfecto invitado, el perfecto alumno, el perfecto hijo, familiar, vecino... Nunca grité, pero debería haberlo hecho. Y me lo creí, pero echaba de menos la molicie compartida, la complicidad ante el error, un no pasa nada de un brazo fuerte de hombre.
Aprendí a decir que sabía lo que quería, a fingir seguridad, Personalidad. Quería que alguien me enseñara, me descubriera la debilidad, alguien con quien poder hablar de lo importante, con quien compartir sin juzgar y sin peso. No lo encontraba. Tampoco me acercaba a nadie.
Pero estaban las reglas. Ellas daban la medida, el valor. Los sentimientos quedaban escondidos y todos nos hacíamos un traje a medida, a la medida de las reglas. Todos quedábamos patéticos con nuestro vestido real y visible a todos que se ocultaba tras el abrigo de las reglas metidas a calzador.
Un borracho, un maricón fracasado, un inmaduro, una egoísta primario, una amargada. Y todos esos hemos sido gracias a las putas reglas.
Luego, enseguida, casi al mismo tiempo llegaron las reglas, con la familia, con los vecinos, con la casa, con el colegio, con la vecindad... las reglas que me hacían estar pendiente de todos menos de mí. Había que ser perfecto, la moral se construía a golpes de apelación a la inteligencia. Las reglas te hacían ser el perfecto invitado, el perfecto alumno, el perfecto hijo, familiar, vecino... Nunca grité, pero debería haberlo hecho. Y me lo creí, pero echaba de menos la molicie compartida, la complicidad ante el error, un no pasa nada de un brazo fuerte de hombre.
Aprendí a decir que sabía lo que quería, a fingir seguridad, Personalidad. Quería que alguien me enseñara, me descubriera la debilidad, alguien con quien poder hablar de lo importante, con quien compartir sin juzgar y sin peso. No lo encontraba. Tampoco me acercaba a nadie.
Pero estaban las reglas. Ellas daban la medida, el valor. Los sentimientos quedaban escondidos y todos nos hacíamos un traje a medida, a la medida de las reglas. Todos quedábamos patéticos con nuestro vestido real y visible a todos que se ocultaba tras el abrigo de las reglas metidas a calzador.
Un borracho, un maricón fracasado, un inmaduro, una egoísta primario, una amargada. Y todos esos hemos sido gracias a las putas reglas.
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